Opinión
WALLY ZEBALLOS, PK2 Y LA CUMBIA CHICHA
16 de junio de 2026
Por Carlos Macusaya
Hay más de lo que se comenta en eso que dijo Wally Zeballos: “la cumbia de PK2 siempre trató de mantenerse entre la clase media y la clase alta”.
Esa frase genera burlas en un contexto en el que la cumbia chicha, a través del impacto que las “lindas chiquillas” causaron en redes sociales, ha pasado por un boom de aceptación pública en ciertos espacios jailones. En esa situación, Zeballos parece un “desubicado”, pero pienso que, por el contrario, y sin ser su propósito, ubica una cuestión clave que rebasa lo meramente musical.
En los 90, la cumbia chicha era “música de t’aras” (así como la cumbia era “música de negros” en Argentina). Por eso no es raro que varios comediantes hayan usado la cumbia chicha (varios aún lo hacen) a la hora de “representar” a los “t’aras”. En general, la cumbia era una forma de expresión musical de los sectores populares, distinta de la “música culta” (propia de estratos medios y altos). PK2 hizo una versión jailona de un tipo de música popular, “refinándola” para otros consumidores (cosa que también pasó en otros países).
Había diferencia de “estatus cumbiero”: Blanca y sus cómplices era “lo más bajo” por ser consumido principalmente por cholitas y migrantes del campo (que hablaban un castellano “saturado de aymara”); un poco más arriba estaban Clímax, Maroyu, Iberia y Los Ronisch, cuyos consumidores eran los mismos que oían y bailaban la música de Blanca y sus cómplices, pero no tenían a una “india” cantando; más aceptable públicamente para ciertos consumidores eran Los Brothers y Los Linces, por ahí también estaba Veneno…
Hoy, para muchos, puede ser normal ir a una fiesta o boliche y bailar cumbia y música folclórica (caporales, t’inkus, morenadas, etc.). Pero en los años en los que PK2 hace su “hazaña”, en las fiestas de colegio, en las que la “guerra” entre amplificaciones era el espectáculo central, no había sector de música folclórica ni cumbia; tampoco en las discotecas. La cumbia sonaba en las fiestas de “los viejos” (de padres, tíos o vecinos). Y en los casos en los que sonaban en algún evento de jóvenes, la música de Maroyu o Iberia, por ejemplo, era señal de que ya iban a cerrar el local. El remate era una sikureada. La música chicha y los sikuris sonaban cuando todos estaban ebrios y, en esas condiciones, la bailaban sin complejos.
Los grupos de música chicha no aparecían en los canales de televisión, salvo en Radio y Televisión Popular (eran otros tiempos, RTP no era lo que hoy es: más new age, hippie y contrario a las demandas populares). Las “hijas de chola” no usaban la ropa de chola como traje de gala para asistir a eventos importantes, como hoy sucede. No era “cool” invitar a alteños a alguna actividad cultural. Era normal que los sectores populares estuvieran tras la raya, en su lugar, con su música y sus cosas, sin incomodar a la “gente culta”.
Claro que muchos jailones crecieron oyendo a “su india sirvienta” y escuchando la música con la que esta realizaba sus labores. Por eso no es raro que muchas de esas personas gusten (auténticamente) de la música que oían en su infancia al lado de sus “madres sustitutas”. Y no fue un detalle menor que durante los años dorados del “proceso de cambio”, la cumbia chicha no tuviera lugar, a pesar de ser parte del cotidiano vivir del electorado del MAS. Pero, con la reconfiguración de clases que vivió el país, ese tipo de música terminó posicionándose, contratando bailarinas cruceñas, algo que no se hubiera podido dar en los tiempos de la “proeza” de PK2.
Lo que quiero resaltar es que Wally Zeballos señala una situación del pasado que hoy es vista por muchos no solo con nostalgia, sino con ansias de recomponerla. Una situación en la que las jerarquías sociales, expresadas en música, por ejemplo, mantenían diferencias nítidas entre los sectores populares y “la clase media y la clase alta”. Hoy tenemos sectores afanados en restituir esas diferencias, negando los cambios que ha vivido Bolivia.



