EconomiaPensamiento Libre

¿Por qué es importante la desigualdad?

10 de julio de 2025
En los pasillos de Davos y en los informes del Fondo Monetario Internacional, una palabra resuena con una urgencia creciente: desigualdad. Durante décadas, la brecha entre ricos y pobres fue vista por muchos economistas como un subproducto lamentable pero inevitable del crecimiento, o incluso como un incentivo necesario para la innovación. Hoy, un cuerpo de evidencia cada vez más robusto, proveniente de disciplinas tan diversas como la salud pública, la economía del desarrollo y la psicología, está contando una historia diferente y más inquietante.
La desigualdad económica se refiere comúnmente a las disparidades medibles en la distribución del ingreso y la riqueza entre los individuos y hogares de una sociedad. Se cuantifica a través de indicadores como el coeficiente de Gini o la relación entre los ingresos del 10% más rico y el 10% más pobre, ofreciendo una instantánea de quién tiene qué en un momento dado. Sin embargo, esta visión es solo la punta del iceberg. Subyacente a ella se encuentra la desigualdad estructural, un concepto más profundo que alude a los sistemas y mecanismos sociales, políticos e institucionales que sistemáticamente otorgan ventajas a ciertos grupos mientras imponen barreras a otros. Esta forma de desigualdad no se limita a los recursos monetarios, sino que abarca el acceso diferenciado a una educación de calidad, a servicios de salud, a la justicia, al poder político y a las oportunidades de movilidad social. Mientras la desigualdad económica mide el resultado final de «quién obtiene qué», la desigualdad estructural expone el «porqué», las reglas del juego, a menudo invisibles y arraigadas en la historia y la política, que determinan esas disparidades y las hacen persistentes a través de las generaciones.
La desigualdad no es solo una cuestión de justicia social. Es un factor corrosivo que, según muestran los datos, puede frenar el crecimiento económico, deteriorar la salud mental de una nación, minar la nutrición de sus niños y atrapar a los países más vulnerables en un ciclo de pobreza e inestabilidad. Pero, ¿cómo ocurre esto? ¿Y por qué sus efectos son particularmente devastadores en los países en desarrollo?
El dogma económico tradicional sostenía que las políticas para reducir la desigualdad, conocidas como redistribución, eran un freno para el motor del crecimiento. La idea era simple: quitarle a los ricos para darle a los pobres desincentiva a ambos. En 2014, un estudio del propio Fondo Monetario Internacional (FMI) puso en jaque esta creencia. Analizando datos de países de todo el mundo, Ostry, Berg y Tsangarides (2014) encontraron que, si bien una redistribución extrema podría ser perjudicial, en la mayoría de los casos, las políticas redistributivas no solo no dañaban el crecimiento, sino que, al reducir la desigualdad, lo hacían más fuerte y duradero. Su conclusión fue revolucionaria para una institución como el FMI: «No debemos suponer que existe un gran ‘trade-off’ entre redistribución y crecimiento».
La razón es que una alta desigualdad es, en sí misma, mala para la economía. Un metaanálisis más reciente de Capretti y Tonni (2025), que revisa 36 estudios sobre el tema, confirma esta tendencia: en promedio, una mayor desigualdad se asocia con un crecimiento más lento, especialmente a largo plazo. Los mecanismos son variados. Como señala Matthew Polacko en su revisión de 2021, la desigualdad concentra el dinero en manos de los ricos, quienes tienden a ahorrar más, reduciendo así la demanda de consumo que impulsa la economía. Al mismo tiempo, obliga a las clases medias y bajas a endeudarse para mantener su nivel de vida, creando inestabilidad financiera.
Para los países en desarrollo, estos efectos se magnifican. En un estudio de caso sobre Bolivia, Velásquez-Castellanos y Torres Carrasco (2019) describen un círculo vicioso devastador: la alta desigualdad permite que las élites capturen el estado y debiliten las instituciones, y unas instituciones débiles (corruptas e ineficaces) son incapaces de reducir la desigualdad o promover un crecimiento inclusivo. El país queda atrapado, dependiente de los vaivenes de los precios de las materias primas, pero incapaz de generar un desarrollo sostenible. La desigualdad de la tierra, como muestra un metaanálisis de Cipollina et al. (2018), es aún más tóxica en estos contextos, ya que la tierra es el activo fundamental que da acceso al crédito y a las oportunidades.
¿Puede la desigualdad enfermarnos? el impacto de la desigualdad va más allá de las cifras macroeconómicas. Se mete bajo la piel. Un metaanálisis global de Patel et al. (2018) encontró una conexión clara y significativa: vivir en una sociedad más desigual aumenta el riesgo de sufrir depresión en un 19%. Este efecto, además, es más pronunciado en las mujeres y en las personas de bajos ingresos.
El mecanismo clave parece ser el estrés psicosocial. Como argumentan múltiples estudios, la desigualdad hace que el estatus social y la jerarquía sean más importantes. Vivir en la parte inferior de una escalera social muy empinada genera sentimientos crónicos de ansiedad, vergüenza y «derrota social» (Tibber et al., 2022). Un metaanálisis de Kondo et al. (2009) refuerza esta idea, encontrando que una mayor desigualdad se asocia con una mayor mortalidad y una peor salud autopercibida. Aunque un estudio más reciente de Shimonovich et al. (2024) es más cauto, encuentra la relación pero señala que la evidencia actual al no tener capacidad de condiciones de laboratorio ve los patrones pero no asegura su causalidad completa, la acumulación de hallazgos apunta, sin embargo, en una dirección consistente.
En los países en desarrollo, este estrés es una doble carga. Se suma a la ansiedad de la supervivencia diaria. En una revisión sistemática, Tibber et al. (2022) encontraron que la asociación entre desigualdad y mala salud mental era abrumadoramente más fuerte en los países de bajos y medianos ingresos (LMICs). En estas naciones, el 73% de los estudios confirmaron la relación, comparado con el 48% en los países ricos. La falta de redes de seguridad social y la fragilidad institucional hacen que la población sea mucho más vulnerable a los efectos tóxicos de la desigualdad.
¿Afecta la desigualdad a la nutrición y la educación de nuestros hijos? la respuesta es un rotundo sí, pero de nuevo, los mecanismos son cruciales. Un metaanálisis global sobre malnutrición de Alao et al. (2021) encontró que la pobreza absoluta es el factor determinante. La desnutrición infantil (retraso en el crecimiento) está masivamente concentrada en los hogares más pobres. Aquí, el problema no es tanto la brecha relativa, sino la incapacidad material de acceder a alimentos nutritivos, agua potable y servicios de salud.
Sin embargo, la desigualdad crea las condiciones para que esta pobreza persista. En el ámbito educativo, la conexión es directa. Un estudio transnacional de King et al. (2023) que analizó datos de más de 380,000 estudiantes en 51 países, encontró que los alumnos en sociedades más desiguales experimentan niveles más altos de ansiedad ante los exámenes. El razonamiento es que, en un entorno desigual, el éxito académico se percibe como la única vía para la movilidad social, elevando enormemente «lo que está en juego» en cada prueba y generando una presión psicológica insostenible.
Además, como señala Polacko (2021), la desigualdad reduce la movilidad social. Los padres ricos invierten masivamente en la educación de sus hijos, mientras que los pobres no pueden. Las escuelas en zonas desfavorecidas suelen tener menos recursos. Esto no es un fallo del mercado; es una consecuencia directa de una sociedad que ha permitido que las brechas se vuelvan abismos.
Quizás el hallazgo más esperanzador de toda esta evidencia es que la desigualdad no es una fatalidad. Polacko (2021) argumenta de manera convincente que el aumento de la desigualdad en las últimas décadas ha sido el resultado de decisiones políticas: la reducción de la progresividad fiscal, el debilitamiento de los sindicatos y la erosión de las normas sobre la remuneración de los ejecutivos.
Si, como sugiere la evidencia, la desigualdad es más una construcción política que una ley económica, entonces la inacción es también una elección política, con consecuencias previsibles. Los datos nos dicen que estas consecuencias incluyen un crecimiento más lento, ciudadanos más enfermos y sociedades menos móviles. Ignorar este nexo ya no es una opción prudente ni fiscalmente responsable. Para los responsables políticos, especialmente en el mundo en desarrollo, el camino hacia la prosperidad no pasa por aceptar la desigualdad como un mal necesario, sino por reconocerla como el principal obstáculo. La tarea no es gestionar la pobreza, sino desmantelar las estructuras que la perpetúan.
Por: Ricardo Alonzo Fernández Salguero
Referencias
Alao, R., Nur, H., Fivian, E., Shankar, B., Kadiyala, S., & Harris-Fry, H. (2021). Economic inequality in malnutrition: a global systematic review and meta-analysis. BMJ Global Health, 6(12), e006906.
Capretti, L., & Tonni, L. (2025). Income inequality and economic growth: A meta-analytic approach. Manuscrito de trabajo, University of Rome Tor Vergata y University of Milan.
Cipollina, M., Cuffaro, N., & D’Agostino, G. (2018). Land inequality and economic growth: A meta-analysis. Sustainability, 10(12), 4655.
Füller, D. (2024). Can money buy health? Using a natural experiment to guide interventions to address the socioeconomic inequalities in health. Frontiers in Public Health, 12, 1397127.
King, R. B., Cai, Y., & Elliot, A. J. (2023). Income inequality is associated with heightened test anxiety and lower academic achievement: A cross-national study in 51 countries. Learning and Instruction, 88, 101825.
Kondo, N., Sembajwe, G., Kawachi, I., van Dam, R. M., Subramanian, S. V., & Yamagata, Z. (2009). Income inequality, mortality, and self rated health: meta-analysis of multilevel studies. BMJ, 339, b4471.
Ostry, J. D., Berg, A., & Tsangarides, C. G. (2014). Redistribution, inequality, and growth (Staff Discussion Note No. SDN/14/02). International Monetary Fund.
Patel, V., Burns, J. K., Dhingra, M., Tarver, L., Kohrt, B. A., & Lund, C. (2018). Income inequality and depression: a systematic review and meta-analysis of the association and a scoping review of mechanisms. World Psychiatry, 17(1), 76–89.
Polacko, M. (2021). Causes and consequences of income inequality – An overview. Statistics, Politics and Policy, 12(2), 341–357.
Shimonovich, M., Campbell, M., Thomson, R. M., Broadbent, P., Wells, V., Kopasker, D., … & Katikireddi, S. V. (2024). Causal assessment of income inequality on self-rated health and all-cause mortality: A systematic review and meta-analysis. The Milbank Quarterly, 102(1), 141–182.
Tibber, M. S., Walji, F., Kirkbride, J. B., & Huddy, V. (2022). The association between income inequality and adult mental health at the subnational level—a systematic review. Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, 57(1), 1–24.
Velásquez-Castellanos, I. O., & Torres Carrasco, L. (2019). Instituciones, desigualdad y crecimiento en Bolivia (1996-2018).
Banner Alcaldia Tarija

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba