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Los dueños del odio

No hay equivalencia posible entre los hábitos autoritarios de nuestras izquierdas realmente existentes y el genocidio del pueblo palestino. O el fin del estado de derecho que implica el racismo institucionalizado de la administración Trump

19 de julio de 2025

Ellos – los defensores de estilos de vida alternativos, no familiares y centrados en el parentesco como, por ejemplo, el hedonismo individual, el parasitismo, el culto a la naturaleza y el ambiente, la homosexualidad o el comunismo – tendrán que ser eliminados físicamente de la sociedad también.

Hans-Hermann Hoppe, Profesor Emérito de la Universidad de Nevada

Dictadores como Stalin y Hitler estaban a favor de la libertad de expresión solo para las opiniones que les gustaban. Si estás a favor de la libertad de expresión, eso significa que estás a favor de ella precisamente para las opiniones que desprecias

Noam Chomsky

La derecha busca recuperar o consolidar territorio político a través del uso del odio. Una porción no desdeñable de la opinión pública sostiene que la izquierda hace lo mismo.

Analicemos esta supuesta simetría.

La apelación a la solidaridad, la cooperación, la empatía, es parte constitutiva de la identidad de izquierda.

A priori resulta difícil concebir una estrategia que, teniendo como meta la justicia social, apele al discurso de odio contra sectores específicos de esa misma sociedad a la que se quiere más igualitaria.

Pero, si buscamos cuestionar la denunciada simetría, debemos también ser rigurosos: varios elementos atenúan el postulado idealista del párrafo anterior.

De entrada, sería tramposo negar que varios líderes asociados a los ideales socialistas o “de izquierda”, -pero de dudosa congruencia con sus propios postulados-, usaron discurso de odio y deshumanizaron -desde el lenguaje hasta la violencia física- a opositores políticos. Baste revisar el periodo estalinista en la antigua Unión Soviética.

Otro de los elementos clave que sabotea los ideales justicieros de la izquierda es el poder. La noción de sus reglas y la crónica urgencia de conservarlo o alcanzarlo.

Sin poder la izquierda se queda en lo declarativo. Pero para consolidar el poder, la izquierda debe construir alianzas y entrar en claudicaciones que atentan contra su misma agenda y postergan sus objetivos transformadores. En su autodefensa y en la lucha por el poder, la izquierda muchas veces termina extraviándose y apresurando lo que quería evitar: el regreso de la reacción conservadora.

Otro de los elementos clave que sabotea los ideales justicieros de la izquierda es el poder. La noción de sus reglas y la crónica urgencia de conservarlo o alcanzarlo.

Aquí la izquierda enfrenta el más básico de los dilemas que la azotan desde su nacimiento: resulta complicado concebir una estrategia de construcción de poder que no establezca con contundencia -muchas veces artificial-, una dualidad identitaria.

El maniqueísmo sigue siendo una herramienta que, por efectiva, resulta a veces ineludible. Y el maniqueísmo, -la construcción del ellos malos versus nosotros buenos-, implica una práctica de denostación continua del rival.

La línea que divide la denostación del estigma -o de la agresión dolosa o incluso la agresión física-, es tan delgada, que muchas veces la estrategia maniquea se le escapa de control a la izquierda y termina desvirtuando su misma razón de ser. Esta pérdida de control, -plagada de ejemplos históricos y contemporáneos-, hará que la propaganda reaccionaria logre confundir causas y resultados. De esa manera “el socialismo produce miseria”, -uno de los eslóganes de los “libertarios” actuales- consigue culpar a una idea verdaderamente emancipatoria de los males del propio capitalismo.

Sigamos.

La censura, la persecución política del opositor, el desprestigio o acoso a quien eleve una crítica -que mete en la misma bolsa a un simpatizante lúcido con un propagandista de la derecha- deberían estar prohibidas para la izquierda.

No por ambiciones puristas. Sino por apostar a una estrategia política que no abrace únicamente las mieles del corto plazo.

En un ademán tautológico podríamos decir que el uso de estas prácticas le quita en automático a un gobernante o a un movimiento su credencial de izquierda.

Diferente sería el escarnio público que, con mayor o menor éxito, algunos líderes de izquierda han promovido en contra de las clases privilegiadas y sus abusos.

También distinta al discurso de odio es la autodefensa que gobiernos populares ejercen contra un poder mediático capaz de desestabilizarlos o tumbarlos. Allí la izquierda se enfrenta a otro de sus dilemas constitutivos: el respeto a la libertad de expresión es el resquicio por el que se cuela la propaganda dolosa -hoy construida con deep fakes y posverdad-, de un rival ideológico que lo que menos tiene son los escrúpulos que anda reclamando.

Sin embargo, esta realidad no puede ser nunca excusa para ejercer la censura, promover el estigma, estimular el motor del odio.

¿Ejemplos de censura recientes en México?:

Alejandro Armenta, gobernador de Puebla, impulsó en junio de 2025 la llamada “Ley de Ciberseguridad”, que tipifica el «ciberasedio» con penas hasta de 3 años, en una reforma al Código Penal

En Campeche, la gobernadora Layda Sansores promovió medidas judiciales que incluyen la figura de un censor oficial que revise y autorice cualquier mención o publicación sobre ella por parte de la prensa.

Ambos de Morena

Pero polarización no es discurso de odio. ¿Cómo está la supuesta simetría en el manejo del odio hoy en día?

También distinta al discurso de odio es la autodefensa que gobiernos populares ejercen contra un poder mediático capaz de desestabilizarlos o tumbarlos. Allí la izquierda se enfrenta a otro de sus dilemas constitutivos: el respeto a la libertad de expresión es el resquicio por el que se cuela la propaganda dolosa -hoy construida con deep fakes y posverdad-, de un rival ideológico que lo que menos tiene son los escrúpulos que anda reclamando.

Aún con estos y otros ejemplos más contundentes de traiciones de la izquierda a sus propios ideales -magníficos nutrientes para el relato del “son iguales”-, el escenario mundial arroja hoy una asimetría feroz entre la estrategia maniquea -que usa a veces la izquierda para justificar sus abusos de poder-, y la verdadera práctica del odio.

No hay equivalencia posible entre los hábitos autoritarios de nuestras izquierdas realmente existentes y el genocidio del pueblo palestino. O el fin del estado de derecho que implica el racismo institucionalizado de la administración Trump -con un ICE que ha cobrado ya sus primeras víctimas mortales-. O la crueldad contra la clase trabajadora y los jubilados de esa Argentina de Milei donde ya hay presos políticos. Son atrocidades cometidas hoy por gobiernos de ultraderecha, posibles únicamente gracias a un discurso de odio sostenido por sus ideólogos durante los años recientes.

No es propósito de la comparación precedente exculpar a nuestras izquierdas de sus propias traiciones a los ideales. Al contrario. Pero resulta relevante acudir a un fundamental sentido de la proporción borrado hoy de la discusión pública con el objetivo de justificar el asalto que los ricos y poderosos del mundo están perpetrando contra los derechos humanos, los recursos públicos y el derecho internacional.

En México, por razones que resultaría muy interesante descifrar, el discurso de odio cunde menos. No es que no exista. Tampoco significa que los jefes extranjeros que tiene la derecha mexicana hayan renunciado a él.

A veces es sutil, pero allí está cotidianamente, envenenando los instintos de cooperación que exigen los desafíos contemporáneos. Baste revisar la cuenta de Lilly Téllez en X, quien cotidianamente mal disimula la estrategia del odio con mensajes que buscan convertir a Morena en el chivo expiatorio y promover el odio a sus líderes o simpatizantes.

Comenzamos este artículo postulando que “la derecha busca recuperar o consolidar territorio político a través del uso del odio”. Pero acaso en esta frase estén mal expuestos la causa y los efectos.

Los crímenes coordinados y autosolapados de la ultraderecha internacional de hoy –orgullosa de su crueldad–, esa ultraderecha que combina codicia corporativa, imperialismo acomplejado y agenda antiwoke, nos invitan a concluir que la expresión del odio no es solo una herramienta para la derecha –algo que podría haber compartido con la izquierda nominal en alguno de sus episodios más oscuros–, sino su misma razón de ser.

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