OpiniónPolítica

La democracia no termina en las urnas

La democracia nunca se agota en las ánforas electorales, se continúa en la fiscalización y la expresión de voluntad popular en las instituciones, los medios y las calles. Bolivia está hablando muy fuerte

21 de mayo de 2026

Algo se mueve, porque nos hartamos. Algo sucede, porque no nos conformamos. Algo se une, porque notamos que el adversario es uno y va contra todos. Bolivia se mueve, Ecuador se mueve, Argentina se mueve, Perú se mueve. El sur se mueve. Se siente en el aire hartazgo. Se siente en el aire, esperanza.

¿Qué esperaba Rodrigo Paz cuando decidió sumarse al escuadrón lacayo de mandatarios que besaron el anillo de Donald Trump? ¿Esperaba que el pueblo boliviano aceptara la sumisión de su mandatario? ¿Esperaba que el pueblo boliviano renunciara a su tradición de lucha? ¿O es que Rodrigo Paz además de un lacayo declarado, es también un ignorante sobre cómo se configura el pueblo que dice presidir?

Vengo de un país andino donde hemos tenido ese mismo problema, casi toda la vida y lo seguimos viendo en esta segunda vuelta electoral. En Perú, han ocupado los puestos de poder político sujetos que estaban más cerca de los EEUU o Europa, que de los Andes o la selva. Cuando en 2021, cambiamos el tablero, nos dieron un golpe de estado. En Bolivia, ha pasado algo similar con Paz que tiene de pacífico, sólo el apellido. Cuando no conoces a tu pueblo, puedes cometer dos errores. El primero, gobernar desde la soberbia clasista. Con condescendencia y migajas de pan. Y creer que con dádivas clientelistas algo puede salir bien. El segundo error, es todavía peor: subestimar al pueblo que te puso ahí y por lo mismo puede sacarte cuando le dé la gana. Eso es democracia. La democracia nunca se agota en las ánforas electorales, se continúa en la fiscalización y la expresión de voluntad popular en las instituciones, los medios y las calles. Bolivia está hablando muy fuerte. Y configura así un escenario regional donde ocupa un lugar principal.

Organizaciones indígenas, trabajadores mineros, sindicatos y pueblo organizado llevan en pie de huelga -con protestas y bloqueos de carreteras- quince días. El pedido es claro: la renuncia de Rodrigo Paz, el presidente boliviano que firma la crisis económica y de combustible que enfrenta el país hermano. Todo empezó con una ley. Una de esas medidas que algunos mandatarios creen que acataremos con la cabeza gacha. Así como ellos cuando agachan la cabeza ante el emperador Trump. Pero los pueblos somos distintos. No agachamos la cabeza, la erguimos.

¿La ley? La 1720, ley de tierras, estuvo vigente tan sólo durante 35 días. Campesinos de distintos puntos del país se movilizaron durante 27 días en una marcha hacia la Paz, capital boliviana. ¿El objetivo? Eliminar la ley. Mostrar su protesta por esta medida que autorizaba la reclasificación de tierras y, por tanto, que pudieran realizarse, por ejemplo, cambios con respecto a la propiedad rural para utilizarla como garantía en créditos bancarios. La ley ponía en situación de vulnerabilidad a pequeños productores pero también a las tierras indígenas colectivas y favorecía, ya se imaginan, la concentración de tierras. Neoliberalismo salvaje. Con su buena dosis de abuso contra las comunidades que habitan los territorios y los cuidan así como beneficios y puertas abiertas de par en par para los grandes capitales que quieren lucrarse con lo que es de todos: nuestro territorio y sus recursos. Pero el pueblo boliviano es mucho pueblo.

Laura Arroyo

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba