EconomiaMedio Ambiente
Gobierno autoriza transgénicos HB4 para la soya en Bolivia
9 de marzo de 2026
Así es. Un sábado por la tarde anuncian esta autorización en medios paraestatales sin mas información. No es una coincidencia. Es el momento ideal para medir la reacción de la población boliviana cuando la atención pública está dispersa y los medios apenas reaccionan. Porque, seamos claros, esto no es una medida técnica. Ni siquiera durante los gobiernos de Evo Morales, Jeanine Áñez o Luis Arce se habían atrevido a avanzar de manera tan explícita en esta dirección.
Conviene además aclarar algo que rara vez se menciona, la soya HB4 no es una novedad en Bolivia. Hace años que circula y se utiliza en el país de manera »informal» o dicho de otra forma ilegal. Lo que acaba de ocurrir no es la introducción de una nueva tecnología, sino la legalización de facto de una práctica que ya existía. Es, en esencia, la regularización de un mercado que hasta ahora operaba en la sombra.
Se trata, además, de una variedad que no aumenta los rendimientos, que en Bolivia siguen siendo particularmente bajos en comparación con los principales países productores. Su principal atributo no es la productividad, sino la tolerancia a la sequía, que puede ser entre un 10 y un 20% mayor que en otras variedades de soya. Pero el rasgo más importante de esta semilla es otro, está diseñada para ser utilizada junto al herbicida glufosinato de amonio, una sustancia que ya está autorizada en Bolivia pero cuyo uso ha sido prohibido en la Unión Europea debido a sus efectos tóxicos sobre la reproducción y el desarrollo humano.
Por lo tanto, esta medida difícilmente cambiará algo en términos de productividad agrícola. Los rendimientos de la soya boliviana seguirán dependiendo de factores mucho más estructurales, la falta de uso de fertilizante, la degradación de suelos, la variabilidad climática o la propia lógica extensiva del modelo productivo. Lo que sí cambia es otra cosa mucho más simple, quienes hoy contrabandean estas semillas podrán mañana venderlas abiertamente, publicitarlas sin restricciones y ofrecerlas junto a otras semillas transgénicas que ya ingresan al país de manera ilegal y que están hoy a la venta sin ningún tipo de control. En teoría, eso reducirá sus costos y ampliará su mercado.
Pero más allá de estos efectos inmediatos, el verdadero significado de esta decisión es político. Autorizar este primer evento transgénico resistente a sequía y asociado al uso intensivo de glufosinato sin transparentar los estudios ambientales realizados, sin información pública sobre los impactos acumulados de este herbicida en el país y sin ningún debate serio sobre el modelo agropecuario que se está consolidando, es en realidad una forma de poner a prueba los límites de tolerancia de la sociedad boliviana.
En otras palabras, se trata de avanzar paso a paso en la consolidación de un modelo agropecuario que envenena a sus propios productores, que contamina ríos y acuíferos y que termina colocando en los mercados alimentos producidos con sustancias que numerosos países ya han decidido prohibir por razones de salud pública.
La situación recuerda inevitablemente a la vieja fábula de la rana en la olla. El agua se calienta lentamente, casi imperceptiblemente. Tan lentamente que la rana no percibe el peligro y nunca salta para escapar. Hasta que, cuando finalmente reacciona, ya es demasiado tarde… Y cuando finalmente entendamos lo que se está cocinando, probablemente descubriremos que el agua ya está hirviendo.
Stasiek Czaplicki Cabezas



