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El renacimiento en la altura, en los Andes

1 de abril de 2026
Después de la tormenta de Gustavo Costas, cuando la selección boliviana parecía un barco a la deriva que terminó encallado en el desánimo y el desaliento apareció la apuesta de los dirigentes, hay que reconocerla, con un hombre con la mirada mansa y la terca convicción de los que conocen el barro y el barrio. Óscar Villegas no llegó con promesas de incienso y flores, sino con un puñado de muchachos atrevidos que no le tienen miedo al vértigo.
Villegas, astuto como pocos, decidió que si íbamos a luchar, lo haríamos tocando el cielo. Eligió el estadio de El Alto, allí donde los equipos que llegan desde el nivel del mar consideran que el oxígeno es un lujo y la pelota vuela como un suspiro, no para esconderse, sino para mandar. Su esquema fue una declaración de guerra contra el olvido y la desesperación: un 4-3-3 atrevido, apostando todo , con descaro, a la juventud. En un país que suele envejecer antes de tiempo, él puso a jugar a chicos de menos de veinticinco años, niños casi, que corren como si el mañana fuera un invento de nosotros, los adultos.
Los elegidos en este último tiempo
Bolivia tiene hoy un equipazo que se atreve a soñar sin pedir permiso.
• Viscarra, el golero que llega a pelotas imposibles.
• Morales, el central que se disfraza de enganche, gambeteando en media cancha con la elegancia de quien camina por el patio de su casa.
• Haquin, el cirujano de la zaga, que reparte pases con la precisión de un relojero y la fuerza de un guerrero antiguo.
• Medina y Fernández, laterales que no corren, vuelan, dueños de las bandas y del atrevimiento.
• En el medio, la clase y el músculo de Vaca, Villamil y Robson, un trío que recupera, remata y manda.
• Y adelante, la picardía de Paniagua, Miguelito Terceros, Nava y el empuje de, esta vez, de Godoy.
Y los jóvenes que vienen detrás…
Es gente joven, hábil, luchadora, que tiene el colmillo de la experiencia y la frescura de la primera vez. Villegas, que trae en la sangre la terquedad chicheña de Quechisla, sabe que la identidad no es un papel, es un latido. Y el joven Moisés Paniagua, hijo y sobrino de mis paisanos quechisleños —amigos que el tiempo y mi ingratitud han alejado—, juega con la soltura de quien sabe que lleva el orgullo de un pueblo en los botines.
El país de los noventa minutos o más
Lo que Villegas ha logrado trasciende el marcador de un tablero. Después de tres décadas de silencios y derrotas masticadas, ha logrado lo imposible: unir a Bolivia alrededor de una camiseta. Repitiendo muchos y muchas los “rituales” del anterior partido para que se rompa el maleficio (en mi caso TOC).
En un país que a veces se rompe por el color de la piel, por la altura del suelo o por el odio de los que mandan, el fútbol aparece como el hilo que cose la herida. Es la misma solidaridad que brota ante el desastre, la misma pasión que defiende al humilde cuando es humillado. En esos noventa minutos, el camba y el colla se abrazan sin preguntarse el apellido, porque el gol de Paniagua o Miguelito no tiene fronteras.
Se puede disfrutar de esta alegría sin desconectarse de la realidad, porque esta selección es la realidad que queremos ser. Perdimos contra Irak, contra un equipo que se sintió inferior ante nuestra luz, pero ganamos el derecho a seguir creyendo. La entrega de estos chicos es la prueba de que se puede reconstruir sobre las ruinas.
Al final, queda flotando en el aire fino, frío de la cordillera nuestra una pregunta que nos quema el pecho: ¿Cómo va a morir un país así de unido, si apenas tiene noventa minutos de nacido?
El sueño mundialista continúa. No por un resultado, sino porque por fin nos hemos reconocido en el espejo de nuestra propia entrega.
Déjennos soñar…
Por Cordova E Harold

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