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Cae un árbol, cae la vida: El clamor silencioso de los bosques en Bolivia

28 de octubre de 2026

Antes de que aparezca una flor, hubo una raíz.

Antes de que un pájaro encuentre una rama donde dormir, hubo un árbol creciendo despacio, casi en silencio, mientras debajo de la tierra extendía raíces que nadie veía.

Un árbol puede pasar décadas en el mismo lugar sin moverse un solo metro. Mira pasar las lluvias, las sequías, los animales, los hombres. Guarda agua en su cuerpo. Da sombra. Alimenta. Protege. Une el suelo con el cielo. Cuando florece, anuncia una estación. Cuando pierde sus hojas, también está contando algo.

Y cuando cae, no cae solamente un árbol.

Cae una pequeña arquitectura de la vida.

En Bolivia, millones de árboles han caído así, uno después de otro, hasta convertir grandes extensiones de bosque en campos sin sombras y arrasados. Otros no alcanzaron a caer, quedaron de pie, negros, quemados por incendios que avanzaron durante días y noches sobre la Chiquitania, la Amazonía el Chaco y otros ecosistemas del país.

Desde lejos, un bosque quemado puede parecer una mancha oscura.

De cerca, es otra cosa.

Es el silencio de los pájaros que ya no están. Es una madriguera vacía. Es una fuente de agua que comienza a agotarse. Es el suelo expuesto al sol. Es una comunidad que tiene que caminar más lejos para encontrar frutos, plantas medicinales…

Es también un árbol.

Uno que estuvo allí mucho antes de que llegara la motosierra.

Incluso, mucho antes de que llegara un humano a ese lugar.

Una comunidad se abre paso junto al río, rodeada por la vegetación amazónica. El bosque y el agua sostienen la vida de quienes habitan estas orillas. Foto: Karina Segovia/Revista Nómadas.

EL ÁRBOL QUE TODAVÍA PERMANECE

Pensemos en un toborochi.

Su tronco ancho parece haber sido hecho para resistir. Durante años guarda agua en su interior y ofrece refugio a insectos, aves y otros animales. En época de floración, cambia el paisaje. Su presencia es tan familiar en algunas regiones que casi parece imposible imaginar el lugar sin él.

Pero también puede terminar convertido en ceniza.

Pensemos en la quina quina, árbol ligado a la historia de la medicina y a la diversidad de los bosques bolivianos. O en el tajibo, que cuando florece transforma caminos, plazas y campos en una explosión de color.

Los conocemos por sus flores, por sus formas, por los nombres que aprendimos de niños.

Quizá deberíamos conocerlos también por lo que ocurre cuando desaparecen.

Porque un árbol no existe aislado.

A su alrededor hay insectos, hongos, aves, mamíferos, semillas, agua y otras plantas. Hay personas que conocen sus frutos, sus hojas y sus propiedades. Hay comunidades indígenas que han aprendido a leer el bosque como se lee un libro, siguiendo huellas, sonidos, cambios en el viento, colores de las hojas y señales de la lluvia.

Por eso la caída de un árbol nunca es un hecho solitario.

Su ausencia comienza a sentirse mucho después de que la motosierra o los Bulldozer se apagan.

SI LOS ÁRBOLES PUDIERAN DECIDIR

Esta pregunta está en el corazón de la campaña que Revista Nómadas desarrolló, durante octubre, mes que se recuerda el Día del Árbol, junto con Agencia 1947.

¿Qué haría un árbol si pudiera decidir qué hacer frente a quienes vienen a derribarlo?

¿Qué diría un toborochi cuando el fuego se acerca?

¿Qué pensaría una quina quina al ver desaparecer el bosque que la rodea?

¿Y qué haría un tajibo cuando la motosierra llega hasta su tronco?

La campaña imagina esas respuestas.

No para convertir a los árboles en personajes de fantasía, sino para acercarnos, por un instante, a una realidad que hemos terminado mirando con demasiada distancia.

Los árboles, si pudiera, seguro que se defenderían.

Por eso, cuando un árbol cae, existe un único culpable. El ser humano.

Los videos realizados por Agencia 1947, juegan con esa frontera entre ficción y realidad. La realidad boliviana, en cambio, ya nos ha mostrado hasta dónde puede llegar la destrucción causadas por las manos ecocidas de los hombres.

No necesitamos exagerar las imágenes de una tierra quemada ni de los bosques desaparecidos.

Todo eso ya existe.

El nombre de esta campaña nace de una certeza sencilla: Los árboles son totalmente inocentes ante tanta destrucción.

Cuando cae, alguien lo corta, alguien lo quema, alguien autoriza, alguien permite, alguien mira hacia otro lado. Pero también puede ocurrir lo contrario.

Alguien puede detener la motosierra.

Alguien puede apagar el fuego.

Alguien puede denunciar.

Alguien puede investigar.

Alguien puede contar lo que está sucediendo.

El periodismo también puede estar allí.

En Nómadas hemos aprendido que para contar un bosque hay que caminarlo. Meterse entre los árboles. Escuchar a quienes viven allí. Seguir las huellas de una maquinaria. Mirar imágenes satelitales. Revisar documentos. Volver al lugar cuando el incendio ya se apagó y comprobar qué quedó.

Porque defender un bosque también requiere conocer las historias que ocurren detrás de cada hectárea desmontada.

Quizá entonces entendamos algo elemental, que un árbol no es solamente lo que vemos sobre la tierra.

Debajo está la raíz.

Alrededor está el bosque.

Y encima de todo, aunque no lo parezca, está nuestro propio presente y  futuro.

Revista Nómadas – https://revistanomadas.com/cae-un-arbol-cae-la-vida-el-clamor-silencioso-de-los-bosques-en-bolivia/

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