Bolivia
Alfredo Domínguez, arquerito de Huracán
27 de julio de 2025
Febrero de 1967. Violeta Parra se pega un tiro en la sien, fruto de una profunda depresión (y una “tristeza política”). Es un domingo, veinte minutos antes de la seis de la tarde. Los domingos matan más que los accidentes de tránsito. Lo hace en la Carpa de la Reina, a las afueras de Santiago de Chile con una pistola que ha comprado unos meses antes en La Paz.
La radio, siempre la radio, da la noticia en Bolivia pero nadie se atreve a decirle nada al “Gringo” Favre. La pareja de Alfredo Domínguez, Gladys Cortez, es la que se anima cuando todos ya se han ido esa noche de la Peña Naira (por donde pasa medio mundo incluídos la “Tania” y el “Che”).
El suizo Gilbert Favre ha sido la pareja de Violeta en una tormentosa relación durante los últimos cinco años. Los dos viajes de la cantautora y artista polifacética chilena a La Paz no han logrado su objetivo: Violeta ha perdido a su gran amor que prefiere quedarse y arrancar una nueva vida en Bolivia.
Cuando Gladys cuenta la fatal noticia, el “Gringo” Favre golpea su cabeza y sus puños contra las paredes de piedra de la Peña Naira, la casa de Los Jairas (el grupo que va a cambiar el folklore boliviano); la peña levantada por “Pepe” Ballón en la calle Sagárnaga.
La noche va a ser larga. Alfredo recuerda a todos que Violeta fue la que lo convenció para cantar y confiar en su timbre (no solo tocar la guitarra), la primera que creyó en su voz.
El suizo tiene sentimientos de culpa. Vuelve a Santiago de Chile para estar en los funerales de la autora de “Gracias a la vida” (su testamento en canción) junto a Isabel, Ángel y Carmen Luisa (los hijos de Violeta) y sus hermanos.
A su regreso a La Paz Alfredo Domínguez y Gladys Cortez se llevan al «Gringo» a los carnavales de Tupiza. Para olvidar las penas. No quieren dejarlo solo con el trago. En la capital chicheña, cantan, bailan, recuerdan a Violeta; su inclaudicable amor a nuestra causa marítima y su manera de responder el teléfono cuando la llamaban desde su país: “Aló, Mar para Bolivia”.
Los diez días de Carnavales en Tupiza sirven también para otro reencuentro: Alfredo Domínguez regresa a la tierra natal que dejara atrás hace cinco años. En una de esas tardes de excursión, el trío entra en una casita al escuchar música a lo lejos. Alfredo ya es un guitarrista connotado, ya es un artista plástico con exposiciones fuera y dentro del país, ya es parte de Los Jairas.
“¡El arquerito de Huracán!” es el grito que recibe a los tres. Los paisanos que cantan y beben para despedir el Carnaval todavía recuerdan al arquero del equipo de sus amores, el Club Deportivo Huracán de Tupiza. Casi 60 años después, la anécdota es recordada por la compañera de vida de Alfredo, Gladys Cortez, y así me la cuenta.
Muchos conocen/conocemos el talento musical del potosino Alfredo Domínguez Romero (nacido en Tupiza en 1938 y muerto en Ginebra-Suiza en 1980). Son sus legendarias canciones y discos (“Vida, pasión y muerte de Juan Cutipa”, “Por la quebrada”, “La Pastora”, “Rosendo Villegas”, “Por tu senda”, “Si señora”, “Anécdotas”, “La muerte del indio”). Son sus giras por Europa (Unión Soviética, incluida); sus grabaciones con Los Jairas; su trío con el maestro del charango Ernesto Cavour y la quena de Gilbert Favre. ¿Quién no ha tarareado su versión del huayño “Gringo bandolero”?
Pero pocos saben/sabemos de la otra faceta artística del gran Alfredo Domínguez: la pintura, la caricatura, el dibujo y especialmente el grabado. De su amor querendón e innegociable por el fútbol se conoce menos aún.
La pelota y el arco estuvieron siempre presentes en la vida de Alfredo Domínguez, hasta el último día. Si no llega a ser por el fútbol, quizás nunca hubiese dejado Tupiza para venir a La Paz.
Su habilidad como guardavalla (por eso dejó esa impronta en sus paisanos) no es asunto menor. La conexión entre el arco y el arte tampoco lo es. Un buen portero se caracteriza por su colocación. El buen “goal-keeper” tiene una característica esencial: es conocedor de la percepción del tiempo y del espacio; y de la reacción.
No por nada en la historia del fútbol y de las artes ha habido grandes cultores de ambos oficios. El escultor (y grabador) vasco Eduardo Chillida debutó en el arco de la Real Sociedad de San Sebastián y estuvo a punto de fichar por el Real Madrid. Una lesión en la rodilla le obligó a dejar las canchas para convertirse en uno de los escultores más importantes del mundo en el siglo XX. Chillida la tenía clara, Alfredo Domínguez también: espacio, forma y movimiento unen esos dos mundos aparentemente antagónicos.
Otros grandes hombres de las artes, las músicas y las letras que supieron atajar espacio y tiempo fueron Albert Camus, Vladimir Nakobov, Gabriel García Márquez, Arthur Conan Doyle, Ryszard Kapuscinski y Gunter Grass (también grabador). El primero nos dejó una frase para el recuerdo que el «arquerito” de Huracán firmaría con los ojos cerrados: “Lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.
Hay algo enigmático bajo los palos de un arco que no existe en otras partes de la cancha (ni en el mundo). Tal vez sea el tiempo para la reflexión y el pensamiento; tal vez sea la visión del resto del terreno de juego y la composición; tal vez pueda ser lo que uno aprende de la soledad (y del miedo ante un penal); o tal vez tenga que ver todo con la capacidad humilde y silenciosa del arquero por destacar.
Ya lo decía Eduardo Galeano: “el arquero está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. La multitud no perdona al arquero. Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna».
Junio de 1962. Alfredo Domínguez es el arquero de Huracán de Tupiza, uno de los equipos decanos del fútbol boliviano, fundado en 1927. Con el globo de su par argentino en el escudo y su camiseta verde y pantalón blanco (vestimenta que en los 50 adoptará la selección boliviana a “sugerencia” de otro jugador tupiceño, Víctor Agustín Ugarte), Domínguez sueña con fichar por el club Bolívar. Como lo hiciera su ídolo, el «Maestro» Ugarte (emblema de Hurácan) en 1947.
En sus ratos libres Alfredo Domínguez entrena en Tupiza a un grupo de chicas que gusta del fútbol y es profesor de natación. Hace/aprende teatro con el elenco de Nuevos Horizontes fundado por el argentino Liber “Loco” Forti. Da sus primeros pasos como guitarrista (en solitario y con Los Panchitos) y como artista con exposiciones de dibujos y caricaturas en su localidad natal y en ciudades del norte argentino.
Para ganarse la vida trabaja como funcionario del Servicio de Viabilidad. “Lo que más le apasiona en esa etapa de su vida es el fútbol”, cuenta el periodista Sergio Calero Cueto en la biografía, escrita de manera académica y recién presentada “Vida, pasión y muerte de Alfredo Domínguez” (Biblioteca Biográfica de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia).
Cuando lo botan de la pega, arranca el sueño del arco. Su compadre Gregorio “Goyo” Loza también ha tomado el mismo camino: marchar a La Paz para jugar al fútbol de forma profesional. Uno de los grandes de la época, el club Ferroviario (el “Expreso de Pura Pura”) lo ha fichado. Ahí juegan otros dos tupiceños: Benigno Gutiérrez y Jaime Silva. El anhelo de Alfredo Domínguez es el club Bolívar. Lo recomienda nada más y nada menos que Ugarte que acaba de coronarse campeón de América con la selección boliviana en el Sudamericano del 63.
En La Paz, Domínguez hace de todo. Se enamora de la que será su compañera y esposa, Gladys Marcelina Cortez que hoy sigue con la promesa: difundir su legado. Toca la guitarra y compone: un año después, en 1964, grabará su primera canción, “Por la quebrada”. Expone sus óleos y hace caricaturas futboleras para dos periódicos (El Diario y El Espectador). Dibuja mapas para el Servicio Geológico de Bolivia (GEOBOL). ¡Qué mejor que un arquero para trazar mapas!
También comienza a entrenar en Tembladerani junto a sus ídolos del Bolívar, a la orden de una leyenda, don Mario Mena. Compartir prácticas y vestuario con René Verduguez, el arquero titular Roger Wills, Antonio Carboníeri, Melciades Méndez, Germán Coronel y Manuel Limpias es un sueño hecho realidad. No importa que la “Academia” esté viviendo horas bajas en un torneo dominado por The Strongest, Always Ready y el gran «Chaquito» Petrolero.
A Domínguez no le apartará una lesión (jugará hasta sus últimos días) sino un consejo de un buen amigo. Liber Forti también ha cambiado Tupiza por La Paz. Trabaja como asesor cultural de la Federación de Mineros. Y de tanto en tanto se juntan.
En una entrevista realizada por Roberto Laserna en 1976 (y recogida en parte en la mencionada biografía de Calero Cueto), el propio Domínguez recuerda esa charla que cambió su vida: “Alfredo, dejá resbalar el fútbol, déjalo. Eres libre de hacer lo que quieras, te hablo como amigo, si quieres pegáme pero quería decirte esto: futbolistas hay muchos en Bolivia pero guitarristas como vos… Suponiendo que te quiebres una pierna o un brazo y quedas lesionado, el país va a perder a un elemento que quisiéramos cuidar”.
Dicho y hecho, a Liber Forti hay que darle las gracias por lo que hoy conocemos de Alfredo: su música, su excelsa guitarra, sus pinturas y dibujos, sus extraordinarios y desconocidos grabados (muchos en bronce como su raza, otros con una belleza abstracta inaudita) con los que conquistó a las grandes bienales del rubro en todo el mundo con una técnica autodidacta y sofisticada. Y pensar que arrancó con el grabado por obligación al ser hospedado en el Centro de Grabado Contemporáneo de Ginebra…
Domínguez, el artista que pintaba niños campesinos (“para sentir el imán de la tierra”); el caricaturista que retrataba a sus personajes con un solo ojo; el grabador que llegó a ver sus obras junto a las de Picasso en la Ginebra de su exilio. El que compartió salas y galerías de arte con los más grandes de su época en Bolivia: Gil Imaná, Luis Zilvetti, Magda Arguedas, Alberto Medina, David Pringle, Reyes Pando, Humberto Jaimes, Tito Kuramotto… El que admiraba a Gíldaro Antezana y amaba el “Guernica”. Al que lo llamaban poeta en Europa.
El inolvidable arquerito de Huracán que va a morir en la cancha mientras juega un picadito/partido (con sus compañeros artistas y galeristas del Zas-Zas); el que se fue de un infarto al corazón; por culpa de la vinchuca y la pobreza. Un 28 de enero de 1980, lunes de fútbol.
Violeta nos dejó de un disparo a los 49 años; Alfredo, de muerte súbita a los 41. Los dos dieron gracias a la vida que les había dado tanto; tanta risa, tanto llanto.
Por Ricardo Bajo



