Un mundial en México sin mexicanos
A menos de un mes del inicio de la Copa del Mundo, esta crónica deja ver algunas de las contradicciones manifiestas y latentes en uno de los países coanfitriones de la cita deportiva.
14 de mayo de 2026
El camino al pedregal de Santa Úrsula
Congregadas en el Zócalo capitalino, más de 250.000 personas vibraron con el concierto de una hora y media de 31 Minutos. Los chilenos habían ofrecido recitales en varias ciudades durante abril y cerraron su paso por México con un concierto gratuito por el Día del Niño. Entre el público había madres y padres acompañando a sus respectivos festejados, compartiendo espacio con varios miles de adultos jóvenes que crecieron con 31 Minutos y no quisieron perderse la oportunidad de entonar en multitud “Bailan sin cesar” o “Mi muñeca me habló”.
Los conciertos masivos en el Zócalo son parte de la personalidad de la inagotable metrópolis edificada sobre la antigua Tenochtitlan; parte de las correrías convencionales de la ciudad. Pero, mientras se desarrollaba el concierto, otro rumor circulaba entre la asistencia: el Mundial empieza pronto. Al dirigir la mirada hacia los kioscos de periódicos, las pantallas informativas, los espacios publicitarios del metro y el metrobús, el tema aparecía dominante: “el mejor gol es de taquito”, “la pelota vuelve a casa”, “CDMX capital del fútbol y los derechos humanos”. Una gama de mensajes dirigida a públicos diversos, con énfasis distintos según el destinatario. En la retirada del concierto se escuchaba a varios niños pedir explicaciones sobre los juegos de palabras y preguntar por el Mundial que pronto se inaugurará en la ciudad.
La conversación cotidiana en Ciudad de México podría hacer creer que el Mundial ha tomado anticipadamente su lugar como centro de las emociones y expectativas locales. Pero la sensación dominante es más ambigua. Michel, un amigo cubano que vive en las proximidades del Pedregal de Santa Úrsula, cuenta que su casa quedó dentro del perímetro de exclusión del Estadio Banorte —nombre actual del recién rebautizado Azteca—. Los vehículos podrán llegar solo hasta cierta esquina y, desde ahí, los asistentes deberán continuar a pie o utilizar sistemas especiales de transporte. Michel sabe ya que le será imposible movilizarse con normalidad los días de partido. Afortunadamente para él, en el estadio solo se disputarán cinco encuentros.
Esos cinco partidos han bastado para que el gobierno de Ciudad de México apresure una renovación cosmética de la Calzada de Tlalpan, una de las arterias que conecta el centro con el sur de la ciudad. La administración de Clara Brugada implementó una ciclovía con carril exclusivo y un paseo peatonal sobre la línea azul del metro. El resultado inmediato ha sido un mayor embotellamiento en una vía ya usualmente congestionada.
Las tensiones urbanas no se limitaron al tráfico. La ciudad cuenta desde hace años con una extensa infraestructura para bicicletas, por lo que una nueva ciclovía podría parecer apenas una extensión de una política urbana consolidada. Sin embargo, las transformaciones alteraron también economías informales y rutinas cotidianas. Las trabajadoras sexuales que utilizaban la Calzada de Tlalpan como espacio de captación de clientes afirman que su actividad se redujo considerablemente desde que los ciclistas quedaron interpuestos entre ellas y los automóviles.
Más allá de las controversias sobre movilidad urbana, las obras aceleradas alrededor del Mundial comenzaron a modificar incluso aspectos menores de la vida diaria. Carolina, profesora de la UAM Xochimilco, tuvo que abandonar sus clases de flamenco porque el incremento del tráfico consumió el margen de tiempo que destinaba a esa actividad física.
Las tensiones se ampliaron cuando el secretario de Educación, Mario Delgado, anunció el 7 de mayo la posibilidad de adelantar en 45 días el cierre del calendario escolar de primaria y secundaria. La medida buscaba evitar que niños y adolescentes asistieran a clases durante el Mundial. La reacción en redes sociales fue inmediata: padres y madres cuestionaron qué hacer con sus hijos durante un mes adicional mientras continúan trabajando; sindicatos docentes criticaron la improvisación; y organizaciones empresariales señalaron que la decisión profundizaría el rezago educativo acumulado desde la pandemia. Al día siguiente, la presidenta Claudia Sheinbaum relativizó el anuncio y aclaró que se trataba apenas de una propuesta en evaluación.
Señora, devuélvame el balón
“Ya se siente aire de Mundial”, comenté durante una comida con colegas. Todos tenían algo que decir sobre el torneo, aunque fuese una queja. Un amigo arquitecto, que vivió el Mundial de 1986, observó que entonces el fervor era de otro calibre. 11 ciudades ofrecieron los 12 estadios en los que se jugó el mundial. Jugado a un año de un terremoto que devastó la capital, el torneo se sintió como una épica de resurgimiento nacional. Hoy, en cambio, la sensación predominante parece ser la incomodidad.
En perspectiva, el malestar no resulta difícil de comprender. México albergará menos de 15 partidos de un torneo que tendrá 104 encuentros distribuidos entre tres países. Además, las entradas poseen precios prácticamente inaccesibles para la mayoría de la población. Incluso dentro de los sectores de mayores ingresos, asistir a varios partidos representa un gasto considerable. El Mundial aparece omnipresente en la publicidad, en el discurso oficial y en la transformación urbana, pero crecientemente inaccesible para quienes habitan las ciudades anfitrionas. La gentrificación, palabra de uso ya común en la capital mexicana, en todos los pronósticos no hará más que agudizarse. Es esa la cara de un evento en el que los intereses de la FIFA se presentan desnudamente mercantiles.
Cuenta Francisco Hinojosa que, siendo todavía un muchacho durante el Mundial de 1970, el padre de su padrastro —aficionado únicamente a las corridas de toros— le entregó dinero para hacer fila en las taquillas del Azteca. Buscaban entradas para la semifinal entre Italia y Alemania Federal, luego conocida como “el partido del siglo”. Hinojosa regresó con dos boletos y ambos pudieron sentarse detrás del arco donde se marcaron más goles. No tuvieron la misma suerte para la final, pero ya habían celebrado desde la tribuna el gol de Gianni Rivera.
Hoy en la ciudad de México la esperanza de encontrar una entrada es solo comparable a la probabilidad de que el Tri llegue a la final.
Eduardo Paz Gonzales/México DF



