Opinión
Hacer mercado duele
4 de junio de 2025
Hace algunos años, recuerdo a un ministro decir que con cien bolivianos se podía cubrir una canasta familiar. Hubo burlas, críticas de todo tipo. Yo también dudé… pero en silencio. Porque algo de razón tenía, para mí, en ese momento (para una familia de cuatro, por semana). Yo, con menos, hacía mercado.
No lo decía en voz alta. Me incomodaba que se entendiera como una defensa del gobierno. Porque se notaba, en el fondo, que ese ministro (como tantos otros burócratas) ni hacía mercado ni conocía las urgencias de quienes viven al día.
No era fácil, claro, pero se podía. Con 70 u 80 bolivianos a la semana, porque había aprendido desde niño a entender la lógica de los mercados, sus secretos, sus mejores horarios. A estirar el dinero que teníamos, comparar por montón, por valde, o subdividir una carga de verduras y frutas, todo para alimentar a la familia.
Hoy, en 2025, salir al mercado me duele. Y quienes me conocen saben cuánto me gusta hacerlo. No solo por los precios que suben sin freno, sino porque suben al mismo ritmo en que desaparece la esperanza. Ya no hay calle secreta, ni puesto escondido, ni fruta de temporada que alivie el gasto. La carne se compra con miedo, y los productos básicos (arroz, pan, aceite) se han vuelto sinónimo de angustia.
Me invade la rabia y la impotencia. No solo por la carencia, sino por el abandono. Porque mientras todo sube —el costo de vida, la desesperación—, lo que falta es alguien que genere confianza. Un candidato que escuche, que conecte, que no aparezca solo cuando hay cámaras o votos en juego.
Nunca viví unas elecciones tan vacías, tan vomitivas, tan lejanas a la vida real. Políticos sin brújula, sin ética, sin conexión. Solo cálculos, chicanas jurídicas, shows. Y mientras ellos juegan a salvarnos, derrochando millones en campañas, la gente no puede ni pagar el transporte ni abastecer su mesa.
Nos asfixiaron económica y políticamente por una guerra interna de poder. Uno obsesionado con ser candidato; el otro, con destruirlo. Como si no tuvieran nada más en qué pensar. A veces me pregunto si estas personas piensan más allá de su ego, si tienen hijos, familia… Pero luego uno recuerda que uno ni reconoció a sus hijos ni respondió ante la justicia por denuncias de abuso de menores, y el otro convirtió a sus hijos en socios del negocio del poder, adueñándose de tierras, lucrando con la desesperación de la gente.
Sí, ese mismo ministro que hablaba de los cien bolivianos, hoy presidente, no sabía lo que decía. Porque si lo supiera, no sería tan indolente ante el sufrimiento de hoy. Cuando una persona entiende lo que cuesta llevar un plato de comida en tiempos de carencia y ve el dolor de quienes ama, toma valor. Actúa, decide, busca. No se esconde, no calcula. Porque eso es lo que hace alguien que de verdad tiene responsabilidad.
Por Wilmer Machaca



