15 de enero de 2026
“El alienado demócrata, que cree en la democracia como tal, como universalidad, descubre que gobierna un dictador… y en ese momento coincide con los enemigos del país”. René Zavaleta Mercado.
I. Los fantasmas de la tierra y la hacienda
Cuando Rodrigo Paz Pereira —nieto de Néstor Paz Galarza y bisnieto de René Paz Rojas— descendió de la meseta castellana donde nació en 1967, en aquel exilio dorado de Santiago de Compostela, para reclamar la presidencia que su padre y su tío abuelo ya habían ejercido cuatro veces entre ambos, no hacía más que cumplir un ciclo histórico. Un ciclo que los bolivianos sepultamos bajo los escombros de la Revolución Nacional de 1952 y luego con la revolución democrática del “proceso de cambio” el 2006. Pero la historia, como bien sabía Zavaleta, no es lineal sino un devenir constante; lo que parece derrotado suele regresar transfigurado, con nuevos ropajes, pero con la misma sed de poder.
Este hombre, formado en las aulas del imperio y asesorado por los estrategas del shock neoliberal que acompañan a Milei y Bolsonaro, no es un advenedizo. Es la encarnación contemporánea de una dinastía que hunde sus raíces en las haciendas tarijeñas del siglo XIX y parte del siglo XX, en esa Bolivia feudal donde la tierra no era un medio de producción, sino un instrumento de dominación racial y económica. Los Paz llegaron desde Argentina, fugitivos de las guerras unitarias, y hallaron en el sur boliviano lo que todo conquistador busca: tierra vacía —o vaciada— y mano de obra sumisa.
Su tío abuelo, Víctor Paz Estenssoro, que obligado por la fuerza de las masas firmó las leyes de las grandes conquistas como el voto universal, la nacionalización de las minas, el código de educación que consagró la educación libre y gratuita y la reforma agraria de 1952. Víctor Paz, fue un liberal moderno, abogado de Simón I. Patiño, el “Barón del Estaño”, que financió su esplendor con la sangre de los mineros. He aquí la primera contradicción fundacional: el revolucionario que nacionalizó las minas había servido antes al símbolo mismo de la oligarquía minera. Una segunda contradicción, fue el autor del 21060 el decreto neoliberal que privatizó la minería nacionalizada y vendió las empresas del Estado a precio de remate, su padre Jaime Paz y su ministro Samuel Doria Medina fueron parte de la secuela. Hoy Rodrigo Paz es heredero de esa doble paradoja: en política, las alianzas no son cuestión de principios, sino de grandes intereses.
II. El neoliberalismo como retórica de lo plebeyo
“Capitalismo para todos”, proclama Paz Pereira, en un eslogan que merecería figurar en el museo de las contradicciones teatrales. ¿Cómo puede ser para todos un sistema que, por definición, se basa en la acumulación desigual? La respuesta reside en la genealogía del poder: los Paz siempre han sabido vestir los intereses de clase con el ropaje del interés nacional.
Su gobierno, inaugurado en noviembre de 2025 tras derrotar al MAS después de casi veinte años de hegemonía, se presenta como una “ruptura”. Pero ¿ruptura con qué? Con el Estado regulador, con los subsidios populares y con la idea misma de que los recursos naturales pertenecen al pueblo. En su lugar, ofrece lo que el Consenso de Washington ya pregonaba en los años 90: desregulación, apertura irrestricta a la inversión extranjera y flexibilización laboral. El “Estado tranca” —como él lo llama— debe ser desmontado para que circule libremente el capital, especialmente aquel que viene por el litio, Tariquía y el bosque amazónico, repitiendo la paradoja colonial de Potosí en pleno siglo XXI.
El Decreto Supremo 5503, promulgado el 17 de diciembre de 2025, fue su declaración de principios: más de 120 artículos que eliminaban subsidios a los combustibles, recortaban el gasto público, suprimían el impuesto a las grandes fortunas y creaba el «Fast track» como estrategia de saqueo de los recursos naturales. Una jugada artera de la oligarquía extractivista: presentar como “medidas de emergencia económica” lo que no era sino la restauración acelerada de privilegios históricos.
III. La rebelión de la plebe condenada
Pero Bolivia, esa nación que Zavaleta definió como un “cuerpo histórico interrumpido, invadido, saqueado y distorsionado por los extranjeros”, conserva memoria en su ajayu. La Central Obrera Boliviana (COB), esa vieja organización sindical que se erige sobre una historia de triunfos y derrotas, volvió a latir. Convocó a mineros, campesinos, juntas vecinales, gremialistas, cocaleros y otros sectores. Las movilizaciones cortaron las arterias del país; los caminos se llenaron de una multitud que aún conserva el sabor amargo del ajuste neoliberal de los 80.
Paz Pereira, el presidente que prometió “no retroceder ni un paso”, retrocedió. El 11 de enero de 2026 sus ministros firmaron el acta de acuerdo, para derogar el DS 5503. ¿Derrota? Solo en apariencia. La medida central —la eliminación de los subsidios— se mantuvo intacta; lo demás articulos quedaron a la espera. En Bolivia, el poder no se ejerce sólo por decreto, sino mediante la negociación constante con la fuerza social organizada. Su gobierno salió herido, pero el núcleo del proyecto restaurador sigue en pie. Tras bambalinas, la oligarquía extractivista se reorganiza y nuevos actores entraran en escena: la embajada de EE. UU. Intentará poner orden y volver a los pactos de la megacoalición, mientras figuras como Samuel Doria Medina y “Tuto” Quiroga y otros cuadros de la derecha utilizaran el Parlamento para contraatacar. Rodrigo Paz es el protagonista, pero también una pieza del extractivismo oligárquico.
IV. Las alianzas del poder real
Mientras negociaba con la COB, Paz consolidaba sus alianzas con el poder fáctico: los agroindustriales de Santa Cruz, que lo recibieron en la Fexpocruz como a un mesías; los cooperativistas auríferos, a quienes prometió un “Banco Minero” y laxitud ambiental; y Samuel Doria Medina, el empresario-político que, desde la sombra, sabe navegar entre los intereses del capital y el Estado.
Estas alianzas no son accidentales. Reflejan la recomposición de la oligarquía boliviana: ya no es sólo la minería del estaño, sino el agronegocio cruceño, la minería del oro —legal e ilegal— y los capitales norteamericanos. Paz es el administrador de esta coalición, el rostro presentable de un modelo basado en la exportación de materias primas y la concentración de la riqueza.
Su relación con el poder judicial y los medios completa el cuadro: promete una “reforma meritocrática” mientras prepara decretos para gobernar por vía digital desde el extranjero; agradece a los medios afines y amenaza con controlar las redes sociales críticas. El autoritarismo no necesita uniforme; le basta un smartphone y un decreto de necesidad y urgencia. La alianza con los medios es sintomática: la propiedad de los discursos busca legitimar la restauración neoliberal.
V. El “gobernante” impuntual
Rodrigo Paz Pereira no padece de locura ni de neurosis, como sugieren algunos críticos. Es un personaje peligroso: un político frío y pragmático que heredó el capital simbólico de una dinastía para restaurar el modelo que su propia familia ayudó a construir y desmontar en distintos momentos. Su prepotencia no es patología, sino estrategia; sus contradicciones no son incoherencia, sino adaptación táctica.
En él resuena la sombra de aquellos “doctores dos caras” de Charcas que Zavaleta describió con amarga ironía: hombres que servían al poder mientras simulaban desobedecerlo, que financiaban su retórica con la plata de Potosí —hoy con el litio, el oro y Tariquía— y construían sistemas ideológicos tortuosos para justificar su dominio.
El “hijo de la hacienda” gobierna hoy una Bolivia que cree estar en el siglo XXI, pero que repite los dilemas del XIX: la tensión entre la nación profunda, indígena y popular, y las élites que se sienten extranjeras en su propio país. Su “capitalismo para todos” es la última versión de una vieja copla: el bienestar de los de siempre, disfrazado de promesa para los que nunca han tenido nada.
La historia tiene varias caras. La de Rodrigo Paz es la de un retorno disfrazado de novedad. Sin embargo, las movilizaciones de la COB han demostrado que el pueblo no es el mismo de 1985. La conciencia boliviana no es una síntesis armoniosa, sino un flujo turbulento y creador. Bajo el rumor de la lucha, late una memoria histórica profunda: la búsqueda de soberanía (de Tupaj Katari al litio) y la demanda de justicia social (de la mita al salario digno). Los gobernantes que ignoran esta conciencia abigarrada —como Melgarejo, Garcia Meza, Banzer, Sánchez de Lozada y ahora Rodrigo Paz— terminan, inevitablemente, purgados por la corriente de la historia.
Vladimir Cruz Llanos



