Sociedad

La guerra cognitiva

Estamos jugando un juego que nos fue impuesto. En su cancha, con sus árbitros, sus gradas y sus reglas. Eso lo sabemos. Pero lo más grave, que no no estamos discutiendo, no son las formas, sino el fondo.

16 de junio de 2026

Todos los informes sobre el consumo de información provocadas por la irrupción del internet en nuestras vidas refieren 4 tendencias: La extrema concentración de medios (seis grandes conglomerados transnacionales controlan en 70% del negocio mediático en el planeta) ; la fragmentación de la información; el consumo cada vez mayor de contenidos audiovisuales (por eso han surgido los “creadores de contenidos”), y que los influencers están desplazando a los periodistas en la capacidad de incidir en el debate público.

Pero hay varias cosas que los diagnósticos no dicen. Por ejemplo, que muchos periodistas de medios tradicionales se han convertido en influencers. Dejaron de ser conductores de los programas estelares de la televisión, montaron sus propios medios en plataformas digitales y tienen una enorme influencia que se suma a la de los nuevos conductores de las televisiones y radios de la industria mediática que sigue siendo muy poderosa.

Tampoco dicen que, con la búsqueda de audiencias y click bates, los medios emergentes también alimentamos al monstruo, generando cada vez más dinero para los poderosos tecnofaraones, que esta semana estrenan la era de los billonarios con Elon Musk. Y que cada día le damos más poder, no solo por las ganancias que genera el uso de las herramientas, sino porque cada vez que usamos los teléfonos les damos información clave sobre millones de vidas. El uso de IA para detener personas migrantes en Estados Unidos o para atacar objetivos específicos en Gaza, Líbano, Irán o en el Caribe nos muestran como, cada vez más, las plataformas se están convirtiendo, literalmente, en armas de guerra.

No dicen que la disputa por el sentido común y la batalla cognitiva no solo se da en los medios de comunicación y en las redes sociales. Se da en el cine, en el teatro, en las telenovelas, en los deportes, en las “soft news” tan despreciadas por las intelectualidades académicas y, también, en las currículas universitarias.

Estamos jugando un juego que nos fue impuesto. En su cancha, con sus árbitros, sus gradas y sus reglas. Eso lo sabemos. Pero lo más grave, que no estamos discutiendo, no son las formas, sino el fondo. Porque más allá de la cancha enemiga, el problema es real que estamos jugando con su estrategia. Jugamos a la defensiva, acorralados, aceptando sus marcos ideológicos como los únicos posibles.

Los diagnósticos no dicen que la disputa por el sentido común y la batalla cognitiva no solo se da en los medios de comunicación y en las redes sociales. Se da en el cine, en el teatro, en las telenovelas, en los deportes, en las “soft news” tan despreciadas por los intelectualidades académicas

Desde esa perspectiva, cualquier argumento en favor de un pequeño estado de bienestar es considerado izquierda radical. Ni qué decir del miedo generalizado a hablar de socialismo o de comunismo (mejor hablar de progresismo).

Y así, vamos perdido cada una de las banderas.

¿Por qué hablamos, por ejemplo, de democracia? La democracia es su juego, su estrategia. La esquina de la cancha en la que nos han orillado a jugar porque la democracia tiene muchas formas y eso lo saben muy bien nuestros pueblos

¿Por qué, en cambio, no hablamos de soberanías? Así como han construido indicadores para decir qué tan democrático es un país, ¿por qué no construyen un indicador para medir qué tan soberano es un pueblo? Porque esa no es el área de la cancha que le guste a los imperios.

Perdimos también, la noción de libertad. Dejamos que los payasos e ignorantes arribistas se robaran el concepto de libertario y que nos metieran, de nuevo, en su juego. Porque la libertad por la que lucharon Bolívar y el Ché nunca fue una libertad individual, para hacer lo que yo quisiera. No, la libertad de la que hablamos en las izquierdas siempre fue la libertad de los pueblos que lucharon para dejar de ser esclavos.

 ¿Por qué, así como han construido indicadores para decir qué tan democrático es un país, no construyen un indicador para medir qué tan soberano es un pueblo? Porque esa no es el área de la canche que le guste a los imperios.

Antonio Maceo soñaba con una Cuba libre para luego ayudar a liberar a Santo Domingo y Puerto Rico. El Che llevó la lucha a África y Sudamérica, convencido de que «la patria del hombre es la humanidad», recordaba ayer el diario Granma. ¿Cuándo dejamos eso de lado para defender nuestros derechos individuales?

De igualdad y fraternidad mejor ni hablamos. Son conceptos trasnochados, «de nostálgicos de la Guerra Fría» (no vaya usted a pensar que nos referimos a la Francia que dio lugar a los derechos universales).

Pero vale la pena detenernos a pensar cuál es el juego que estamos jugando y qué juego queremos jugar. Porque lo que se pelea en este momento de la historia en América Latina es demasiado. Es la posibilidad de vivir o de volver a ser colonias, protectorados de un imperio que ya ni siquiera nos deja usar nuestra lengua en el mundial de futbol.

Toca pararnos y salir a dar la batalla cognitiva en las condiciones mas adversas. Como los descalzos que cruzaron el Páramo de Pisba de los andes para la histórica batalla de Boyacá, o como los 82 jóvenes que desembarcaron del Granma en diciembre de 1856 para hacer una revolución. Por Colombia, Bolivia, Perú, México. No se trata solo de ganar unas elecciones. Lo que estamos peleando, desde estos espacios que disputan el sentido común, es que ni tus hijos ni mis hijos, ni tus hermanas, ni mis hermanas, ni tus padres ni los míos vuelvan a ser esclavizados.

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