24 de febrero de 2026
Rodrigo Paz ha ido arrinconando a Lara y desarmando institucionalmente la Vicepresidencia mediante decretos que recortan atribuciones, limitan recursos y reducen su margen de agenda. En la práctica, lo ha desplazado a un rol secundario. Eso generalmente lo descoloca y su reacción casi inmediata termina siendo responder por TikTok, como si el Live pudiera compensar la pérdida de espacio político real.
Ahora bien, también hay una responsabilidad directa del propio Lara. Creyó que la visibilidad digital era capital político estructural. Que su presencia en TikTok explicaba en gran medida el resultado electoral. Que la validación inmediata equivalía a liderazgo consolidado. No tenía una estructura orgánica ni una base política consolidada; tenía un momento que no supo transformar en poder real. Confundió atención con construcción. Cuando el Ejecutivo reduce su margen institucional y el algoritmo ya solo amplifica el odio hacia él, queda expuesta esa fragilidad.
Esa combinación ha producido un efecto claro: Lara dejó de ser percibido como un actor político con poder propio y pasó a convertirse en un meme. Y ser un meme no es menor. Un meme es objeto de burla permanente, es simplificación, es caricatura.
Cuando una figura política entra en ese imaginario, salir de él es extremadamente difícil. Hoy todo lo que se diga de Lara, si confirma un prejuicio previo, circula con facilidad. Se le atribuye torpeza, inestabilidad, conspiraciones e incluso intenciones de desestabilizar al propio gobierno. Se le adjudica haber sido el cerebro detrás de las movilizaciones contra el Decreto 5503. Exageraciones útiles. Narrativas funcionales.
Todo encaja cuando ya decidiste quién debe representar el enemigo interno. Con Evo fuera del centro y el MAS disminuido, el antimasismo necesitaba ese lugar para validarse. Lara ocupa hoy ese lugar. Sobre él se proyecta la necesidad de sentirse moralmente superior, de marcar distancia, de decir «soy superior a eso» o «desprecio eso». Criticarlo genera likes, burlarse genera pertenencia y el escarnio termina cohesionando.
En ese escenario prosperan figuras como Jaime Soliz. Su trayectoria política, marcada más por la necesidad de vigencia que por la coherencia, lo ha llevado a cambiar varias veces de posición, casi como un camaleón político: defendió el «Sí» en el 21F, luego se declaró libertario; fue crítico de Chi y después aliado; firmó acuerdos que no sostuvo; declinó candidaturas; asumió vocerías que luego abandonó. Ha afirmado que fue invitado a la posesión de Trump o que sostuvo reuniones con presidentes de empresas petroleras estadounidenses cuando buscaba posicionarse como presidenciable, sin mostrar evidencia verificable de ello. Sin embargo, con terno, pizarra y tono solemne logra proyectar autoridad ante una audiencia que muchas veces no examina esas inconsistencias, porque lo importante no es la coherencia sino que el mensaje refuerce la narrativa ya instalada sobre Lara. Cuando dijo que Lara quería hacerse un traje de Napoleón, casi nadie se detuvo a cuestionarlo; lo relevante no era si era cierto, sino que funcionaba para la burla.
Soliz, por supuesto, no es la causa del fenómeno, pero sí es parte de él. Como otros opinadores y páginas políticas, encuentra en Lara una fuente constante de visibilidad. Estrellarse contra él da tráfico y el tráfico da vigencia. Lara se ha convertido en un recurso útil para muchos.
Hoy Lara funciona como chivo expiatorio en varios frentes: es útil para el antimasismo que necesita antagonista, es útil para opinadores que buscan vigencia y, paradójicamente, termina siendo funcional al propio gobierno. Lejos de desestabilizarlo, su figura justifica decisiones unilaterales y decretos que concentran poder bajo el argumento de neutralizar un riesgo interno.

Por Wilmer Machaca



