27 de abril de 2022
La asamblea legislativa se convirtió en escenario de un llamativo espectáculo cuando el Diputado de Creemos, Caleb Villarruel, haciendo gala de sus habilidades de cantor interpretó “Miénteme” de Luis Miguel, reflejando sus profundos conocimientos de la música pop romántica latinoamericana, así como sus también bastos conocimientos de las series de Netflix, aunque no así de política, lamentablemente.
También usó la palestra publica que le da su curul para expresar su disgusto sobre un tema muy importante para el país: a saber, el olor de la coca y dijo: “Todo lo que está escondido y se hace en secreto es solamente mentira y la mentira apesta, como el acullico apesta para mí. Así como lo ven, porque es lo mismo, tiene el mismo olor, como cuando una vez me intentaron invitar marihuana”. En una entrevista con Claudia Benavente en el streaming de La razón del día 25 de abril, cuando ella le pregunta si eso era discriminación, el respondió no, que solo se trataba de una opinión personal.
Al margen de que no veo correcto usar una palestra publica para dar a conocer opiniones personales, cuando le pagan para discutir problemas políticos nacionales, lo que quiero resaltar acá es que, pese a las justificaciones sobre sus propias palabras, lo que el diputado Villarruel hizo es un acto de discriminación y expresa todo un sentido de clase. La de su clase o la que aspira a ser.
La relación entre olores, clases sociales y discriminación, no es nueva. La sociología y la antropología han probado que las categorías sociales se trasmiten también a través de códigos olfativos. Los códigos olfativos son parte del pensamiento clasificatorio. El buen olor, los perfumes, forman parte de lo que Bourdieu llama los “criterios de distinción social”.
Los criterios olfativos sirven también para organizar la identidad y la diferencia. Es decir, me junto con quienes comparto olores y me alejo de quienes rechazo sus olores. En ese sentido, los olores forman parte también de criterios discriminadores.
El antropólogo Corbin, ha explicado cómo la sociedad occidental se ha desodorizado, a partir del uso del agua con criterios purificadores y las ideas de limpieza que vienen del discurso médico-higienista, y el combate a la peste, que múltiples veces se ha prestado para políticas de limpieza social, en contraste con “la gran conciencia olfativa de las sociedades “exóticas”.
Entonces, lo que el diputado dijo sobre el olor de la coca es una jerarquización de olores y luego una descalificación olfativa de sus colegas que pijchan coca. Por tanto, aunque él diga que no, su discurso es discriminatorio y no refleja solo una opinión personal, sino toda una construcción social del “otro” que su clase y su partido tienen y señala también, con transparencia, las distinciones y discriminaciones coloniales más amplias a través de las cuales nuestra sociedad se organiza. Ahí es donde las palabras de Villarruel se encuentran con aquellas otras que referían a la wiphala como un trapo y esto no es casual.
Tal vez alguien que le tenga aprecio pueda recomendarle al Diputado cantor que vea menos Netflix y lea más política, de lo contrario que se dedique no más a ser cantor.
Por Carla Espósito Guevara.




