Una cosa es el engaño comercial. Que Smirnoff, Sabritas y Coca Cola lleven meses anunciando el mundial de futbol como la fiesta más grande del planeta es una mentira publicitaria más. Lo mismo que el acondicionador que quita las canas o el cepillo dental para la sonrisa perfecta, nadie espera nada de esas palabras huecas. La propaganda publicitaria es una mentira que hemos aprendido a digerir.
Pero otra cosa muy distinta es que la “fiesta” se convierta en una promesa política. Cuando Clara Brugada, la alcaldesa de CDMX, dice reiteradamente que “desde el corazón de nuestra Ciudad de México declaramos que estamos listas y listos para vivir una de las fiestas más grandes del planeta”. O cuando el gobernador de Jalisco, Pablo Lemus, anuncia una y otra vez que “aquí se va a vivir una gran fiesta, deportiva, ciudadana”, la promesa se lleva a cabo en otro registro: el de la realidad.
La fiesta —ese disfrute excepcional que nos libera de la carga de la rutina y establece lazos comunitarios— se convierte en la justificación para el realojamiento de personas y el barniz turístico de las ciudades.
La “fiesta” es la excusa para que la FIFA absuelva a nuestro enemigo imperialista o respalde el genocidio en Palestina. La “fiesta” exime a los gobiernos para colocar recursos en un show privado y ajeno en lugar de en proyectos públicos y propios.
En un país donde decenas de millones de personas arreglan su existencia cotidiana conforme al compás de las fiestas —las patronales, la de los muertos, el carnaval, los quince años— sería mejor no llenarse la boca con promesas imposibles
Más vale que sea una fiesta extraordinaria. Pero, ¿qué pasa si no lo es?
A diferencia de la famosa “derrama económica”, la promesa de la fiesta no se podrá comprobar con datos duros. Y sin embargo, en un país donde decenas de millones de personas arreglan su existencia cotidiana conforme al compás de las fiestas —las patronales, la de los muertos, el carnaval, los quince años— sería mejor no llenarse la boca con promesas imposibles.
La fiesta es una ruptura con la vida ordinaria, un paréntesis de las reglas y los ritmos de la experiencia cotidiana. A diferencia de sus imitaciones comerciales —el Super Bowl, por ejemplo— la fiesta es participativa: los asistentes se involucran en ella de diversas formas, casi siempre bajo la lógica de la reciprocidad.
Si la fiesta popular implica tan a menudo sacrificios económicos o físicos (largamente despreciados por la burguesía colonizada como irracionales) es porque establece lazos consagrados. Participar en una fiesta es comprometerse a seguir viviendo juntos. Y es también poner en cuestión durante algún lapso, incluso peligrosamente, las pautas de la existencia cotidiana.
Nada de esto sucederá con la “fiesta” del mundial, porque hace mucho tiempo que los mundiales de futbol tomaron un camino distinto. Un negocio liderado por una institución corrupta al servicio del gran capital no puede convertirse mágicamente en un evento común, ritual y trascendente como lo es la fiesta.
Ante la inminencia del mundial, tal vez resulte más honesto prometer un “fest” que proclamar fiestas cívicas y populares. A diferencia de la fiesta, el “fest” es una forma de entretenimiento indudablemente privada. Sus reglas son claras desde el comienzo: el boleto cuesta tanto y a cambio se prometen tales diversiones.
La publicidad, la música, la bebida: todo está dispuesto según la lógica comercial, sin espontaneidad ni reciprocidad posibles. Resguardados por elementos de seguridad, a los asistentes del “fest” no los une sino el brazalete que los identifica como consumidores, hermanados temporalmente bajo el auspicio de Heineken.
Hace mucho tiempo que los mundiales de futbol tomaron un camino distinto. Un negocio liderado por una institución corrupta al servicio del gran capital no puede convertirse mágicamente en un evento común, ritual y trascendente como lo es la fiesta
En contraste con las epifanías populares que prometen los otros políticos, el gobernador de Nuevo León, Samuel García, justifica el mundial de manera más realista —o más cínica—. Su discurso se dirige inequívocamente hacia los turistas y las clases acomodadas capaces de pagar la “experiencia” mundialista.
En lugar de alardear sobre fiestas que nos congregarán a todos, el gobernador anuncia que “el Parque Fundidora va a tener el Fan Fest record Guiness…es como un Pa´l Norte, pero con la meta de hacerlo de 40 días”. Un Coachella o un Vive Latino gigantescos: un fest con esteroides para quien se lo pueda permitir.
El gobernador, claramente alineado a los intereses empresariales y a un discurso pragmático de derecha, convoca a los posibles consumidores para que visiten su estado con frases sacadas del manual de la industria de la hospitality: “Aquí a todos los trataremos como si fueran de la familia…vengan a nuestro estado y vivan la experiencia de ser norteños y norteñas”.
Este es un claro ejemplo de cómo la derecha es capaz de navegar mejor las circunstancias del capitalismo voraz contemporáneo que la izquierda. En lugar de disimular el verdadero funcionamiento del mundo detrás de discursos progresistas vacíos, los gobiernos de derecha lo sancionan y lo festejan abiertamente.
Todo lo contrario de quienes intentan lavarle la cara a un evento desvergonzadamente mercantilizado y antipopular: “faltan 211 días para que el balón vuelva a rodar como símbolo de la fraternidad universal”, dijo Clara Brugada en uno de sus discursos, al mismo tiempo que la FIFA otorgaba un premio de la paz a Trump y validaba un centro comercial sobre las ruinas de Gaza.
Está claro que no es fácil para los políticos de izquierda sortear este mundo descarado, pero fueron electos precisamente para dar batalla. Lo peor que pueden hacer es degradar los valores populares, comunitarios y anticapitalistas que tiene un país como México —por ejemplo la fiesta— para jugar el juego del colonialismo y el capitalismo.
No es fácil para los políticos de izquierda sortear este mundo descarado, pero fueron electos precisamente para dar batalla
Como un niño al que prometen una fiesta que al final sólo resulta divertida para los adultos, así el pueblo mexicano sentirá desilusión y luego rencor si se le sigue prometiendo una fiesta falsa. La analogía entre los niños y el pueblo no pretende apuntar en este caso a la irracionalidad que supuestamente compartirían, sino más bien al insobornable sentido de la justicia que los caracteriza.
Ya conocemos las consecuencias de la fiesta falsa, por ejemplo, en el caso de la desilusión y el rencor que mostró un amplio sector de la población en Brasil durante y después del mundial del 2014.
Es necesario recordar que este mundial no es parte del proyecto de transformación en el gobierno, sino que es una herencia envenenada de sus verdaderos impulsores: Televisa y Peña Nieto. Los políticos progresistas deben evitar caer en la trampa que se les ha tendido y al menos guardarse de hacer promesas vanas.
Si hay que tragar la píldora amarga, que sea sin dorársela al pueblo.



