El feudalismo disfrazado de inversión: cómo BlackRock y los tecnofeudales saquean lo público
21 de octubre de 2026
Hay cosas que la gente entiende sin necesidad de leer a Varoufakis. Cuando el recibo del agua sube y el servicio empeora, cuando la luz se vuelve un lujo y los ríos se llenan de aguas residuales, cuando las carreteras se caen a pedazos mientras las empresas que las administran reportan ganancias récord, la gente no necesita un doctorado en economía para saber que algo está mal. Lo sabe en el bolsillo. Lo sabe en la piel.
Lo que la mayoría ya entiende, incluso sin la terminología, es que empresas como BlackRock operan menos como inversores y más como terratenientes feudales modernos.
El mecanismo del saqueo
BlackRock, Vanguard, Macquarie, Brookfield. Los nombres cambian, pero el modus operandi es el mismo. Compran infraestructura esencial —redes de agua, puertos, redes eléctricas, centros de datos, autopistas, aeropuertos— con enormes cantidades de dinero prestado. Pagan precios que los participantes comunes del mercado no pueden igualar. Y una vez completada la adquisición, la deuda no se queda en el comprador: se traslada a la empresa adquirida.
El resultado es simple: el público paga.
Los consumidores pagan esa deuda a través de facturas de agua más altas, precios de la energía en alza, tarifas más elevadas y una disminución en la calidad del servicio. La infraestructura deja de ser un servicio público y se convierte en una máquina de extraer dinero. Los beneficios fluyen hacia los accionistas y ejecutivos, mientras que la carga financiera recae sobre los hogares.
Thames Water: el caso que lo dice todo
El ejemplo de Thames Water es el más brutal. La empresa de agua más grande del Reino Unido acumuló una deuda de 14.000 millones de libras. ¿Cómo? Ingeniería financiera. Durante años, sus dueños —fondos de inversión, bancos, conglomerados— extrajeron dividendos, pagaron bonificaciones millonarias a los ejecutivos y endeudaron a la empresa hasta el cuello. Mientras tanto, las tuberías se rompían, las aguas residuales se vertían en los ríos y los clientes pagaban facturas cada vez más altas por un servicio cada vez peor.
Cuando el modelo inevitablemente colapsó, las consecuencias se socializaron. Los ejecutivos que endeudaron la empresa ya habían cobrado sus bonificaciones. Los inversores ya habían obtenido sus ganancias. Y cuando el sistema finalmente quebró, se esperaba que los contribuyentes pagaran la factura.
Privatizar las ganancias. Socializar las pérdidas. Ese es el modelo de negocio.
El agua como botín
Y no es solo Thames Water. Es un patrón global. En Chile, las sanitarias privatizadas han sido un negocio redondo para los fondos de inversión mientras las comunidades enfrentan cortes y sequías. En España, la gestión privada del agua en varias ciudades ha sido señalada por sobrecostos y falta de transparencia. En Colombia, el gobierno de Abelardo de la Espriella ya anunció la entrega de recursos estratégicos —agua, litio, tierras raras— a los tecnofeudales que vienen de la mano de Marco Rubio.
El agua, que debería ser un derecho humano, se convierte en una mercancía. La infraestructura, que debería ser un servicio público, se convierte en un activo financiero. Y las comunidades, que deberían ser las dueñas de sus recursos, se convierten en clientes cautivos de fondos de inversión que no conocen, no rinden cuentas y no tienen rostro.
La ideología detrás del saqueo
Esto no es un accidente. Es una ideología. Es el neoliberalismo llevado a su expresión más pura: la creencia de que todo —el agua, la energía, los datos, la tierra, la vida— puede ser comprado, vendido y empaquetado en un producto financiero. La creencia de que el mercado siempre asigna mejor los recursos, aunque eso signifique que millones de personas se queden sin acceso al agua potable.
Como escribió Marx, el capitalismo tiende a convertir todas las relaciones humanas en relaciones de mercado. Y los tecnofeudales han llevado esa lógica al extremo: ya no solo compran fábricas y tierras, ahora compran las condiciones mismas de la vida. El agua que bebes. La energía que te alumbra. Los datos que produces. Todo es un activo. Todo tiene un precio. Todo puede ser empaquetado y vendido.
La resistencia
Pero hay resistencia. En el Reino Unido, la campaña “We Own It” exige la renacionalización del agua. En Chile, las comunidades mapuches luchan contra la privatización de sus ríos. En Colombia, los activistas denuncian la entrega de recursos estratégicos a los tecnofeudales. En todo el mundo, la gente empieza a entender que el agua no es una mercancía. Que la infraestructura no es un activo financiero. Que los servicios públicos no son un negocio.
Y esa comprensión es el primer paso. Porque no se puede luchar contra lo que no se nombra. Y lo que está pasando tiene un nombre: es feudalismo disfrazado de inversión. Es el saqueo de lo público por parte de una élite financiera que no produce nada, que no construye nada, que solo extrae, endeuda y huye.
La advertencia
El modelo de BlackRock y Thames Water no es un accidente del capitalismo. Es su culminación. Es la fase en la que el capital financiero devora al capital productivo, en la que los fondos de inversión reemplazan a los empresarios, en la que el agua se convierte en un bono y la vida en un activo.
Y cuando ese modelo colapse —porque siempre colapsa—, las consecuencias serán socializadas. Las comunidades quedarán con infraestructuras en ruinas, ríos contaminados y servicios deficientes. Los ejecutivos ya habrán cobrado sus bonificaciones. Los inversores ya habrán obtenido sus ganancias. Y los contribuyentes, como siempre, pagarán la factura.
A menos que despertemos. A menos que entendamos que el agua no se vende. Que la infraestructura no se financiariza. Que la vida no se empaqueta. Y que los tecnofeudales, como todos los señores feudales de la historia, pueden ser derrotados.



