6 de febrero de 2026
Rodrigo Paz ha afirmado públicamente que ganó las elecciones en primera vuelta gracias al apoyo de su hija en redes sociales. Esta declaración no solo carece de sustento empírico, sino que constituye una operación discursiva destinada a desmerecer la presencia política de Lara, reduciendo un proceso electoral complejo a un fenómeno familiar y mediático.
Tal afirmación omite un elemento central del contexto político boliviano. Bolivia es mayoritariamente un país del bloque popular. En un escenario electoral marcado por la ausencia de candidaturas propias de ese bloque, una parte significativa del electorado popular se vio forzada a optar por alternativas que, aunque no los representaban plenamente, aparecían como el mal menor frente a opciones abiertamente conservadoras.
En ese marco, muchos votantes del bloque popular depositaron su voto en Lara, no por estrategia digital ni por influencia familiar, sino por identificación social y política. Frente a un menú electoral limitado —Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina y Rodrigo Paz— la alternativa fue clara. El voto no fue ideológico en sentido estricto, sino defensivo y estratégico, propio de una coyuntura adversa.
El Vicepresidente contaba, además, con base social y respaldo político previo. Antes de la campaña, recorrió el país, sostuvo presencia territorial y articuló un discurso frontal contra la corrupción estructural, denunciando prácticas de las que —según su testimonio— fue víctima. Su figura se construyó en oposición a la vieja burocracia estatal y a las élites políticas tradicionales, interpelando a sectores populares que reconocieron en él una voz de denuncia y resistencia.
Rodrigo Paz se incorporó a la fórmula como compañero, no como eje del proyecto político. En Tarija, su propio bastión, el rechazo fue explícito, producto de una gestión municipal ampliamente cuestionada y de denuncias de corrupción que minaron su legitimidad local. Estos antecedentes explican por qué su arrastre electoral fue limitado y por qué resulta insostenible atribuirle el triunfo a su figura o a su entorno familiar.
La llegada de Paz a la presidencia debe entenderse, entonces, como resultado de una coyuntura excepcional, donde el bloque popular —mayoritario en el país— votó condicionado por la falta de opciones propias. Su campaña se presentó con un disfraz discursivo de cercanía al pueblo, apropiándose de símbolos y narrativas populares. Sin embargo, en los hechos, su modelo económico es claramente neoliberal, lo que ha generado tensiones estructurales dentro del gobierno.
Este aspecto incide directamente en su relación con Lara, quien proviene de las clases populares y cuya legitimidad no se construye desde el marketing político, sino desde el territorio, la experiencia social y el respaldo de sectores históricamente excluidos. La contradicción entre un proyecto económico neoliberal y una base social popular es una fractura que no puede ocultarse con relatos simplistas.
En este contexto, la hija de Rodrigo Paz, involucrada indirectamente en sus declaraciones, aparece más bien como víctima de una manipulación mediática, utilizada para encubrir responsabilidades políticas y reescribir los hechos electorales. Su exposición no responde a un análisis serio del proceso, sino a una narrativa utilitaria.
En política, las palabras importan. Y cuando se distorsiona la realidad para preservar una imagen personal, no solo se falta a la verdad: se erosiona la ética pública y se profundiza la desconfianza ciudadana. La afirmación de Rodrigo Paz no resiste análisis político ni contextual. Es, en esencia, una reinterpretación interesada de un triunfo que tuvo causas mucho más profundas y colectivas.
Por Koba Milenaria



