Nadie podría decir que no se hicieron los (dificultosos, incomprendidos, lentos) intentos históricos por complejizarla ante los desafíos que traía el futuro que es hoy. Durante todas las décadas que trato de condensar en este breve recorrido, no recuerdo identificar (sea por acción, sea por indiferencia) sectores representativos de la sociedad que desdeñaran o pasaran de largo la implicancia de la democracia en nuestras vidas, estas fechas servían para ello. Fueron décadas en las que la certeza respecto a lo políticamente correcto (léase bien: lo correcto/aceptado dentro de la política) era todo lo posible dentro de los márgenes democráticos: fortalecerla, institucionalizarla, ampliarla, democratizarla. Todo dentro de ella: nada por fuera.
Hoy en día, el relato en torno a la democracia nuestra oscila entre un polo de la sociedad que asegura haber intentado recuperarla el año 2019 y el otro polo que asegura haberla recuperado el año 2020. Estamos ante un significante más en disputa.
Los datos sobre la región provenientes del Latinobarómetro publicado hace meses señalan que entre los más jóvenes (16-25 años) solamente un 43% apoya a la democracia como sistema de gobierno. Y las percepciones de esta población sobre el autoritarismo son las más altas en comparación al pasado: hay más apoyo al autoritarismo mientras más joven es la persona (20% entre los que tienen 16-25 años).
Por otro lado, un estudio de opinión realizado en junio de este año por la empresa Diagnosis señala que en las elecciones venideras (2025) el tema más importante a ser discutido es la lucha por la patria y la familia (30%) y, luego de ello, es importante fortalecer la democracia (23%).
Asimismo, de acuerdo con el resultado del estudio Delphi que realiza trimestralmente la FES desde hace ya algunos años, los niveles de confianza institucional ante buena parte de las instituciones estatales y otras sociales alcanzan niveles muy bajos respecto a años anteriores, ni que se diga respecto a mediciones similares en otras décadas.
No se trata de una novedad pero sí de un contexto cada vez más alejado del que conocíamos y más cercano a lo aún desconocido pero que se aproxima en clave de incertidumbre. Si, en el corto plazo, no logramos que nuestra democracia reconstituya un consenso mínimo sobre su nueva gran promesa igualitaria de futuro, vamos a continuar acercándonos al despeñadero de la antipolítica, el desafecto, la desesperanza y la crisis de fe que hoy llevan a las nuevas generaciones a olvidar el valor de lo que tenemos y que, cada vez con más facilidad, podemos perder.
Verónica Rocha Fuentes – Comunicadora



