9 de febrero de 2026
Por Wilmer Machaca
Se acercan las elecciones subnacionales y, como suele pasar, las campa帽as empiezan a intensificarse. Y con ellas, ciertas escenas que se repiten y que, aunque no son nuevas, siguen siendo caricaturescas.
Hace unos d铆as vi una publicidad de campa帽a: una candidata a primera concejal, ex presentadora de televisi贸n, caminando por el centro de la ciudad, cerca de la universidad, mostr谩ndonos el mal estado de las calles. Calles cuyo deterioro no necesita ser explicado.
Y, sin embargo, ah铆 estaba la escena: alguien 芦descubri茅ndonos禄 una realidad cotidiana, como si estuviese descubriendo el centro de la ciudad por primera vez. Ni imaginar los barrios perif茅ricos y m谩s alejados, donde las carencias son mucho m谩s profundas.
La incomodidad no tiene que ver con la cr铆tica al estado de la ciudad, que es leg铆tima, sino con el gesto. Ese gesto pedag贸gico, casi condescendiente, que parece partir de la idea de que la ciudad debe ser explicada a quienes la habitan.
La escena me record贸 otras. En las elecciones de 2021, por ejemplo, cuando un candidato a la alcald铆a que vuelve a postularse com铆a plato pace帽o con cubiertos. O cuando una ex candidata a la vicepresidencia en las 煤ltimas elecciones nacionales sub铆a a El Alto a comer sopa de fideo en los agachaditos. O, en general, a tantos pol铆ticos que recorren mercados populares buscando una fotograf铆a que los acerque, al menos simb贸licamente y para las redes, a una realidad que no es la suya, sino una que visitan de manera excepcional, casi tur铆stica.
Eso me llev贸 a recordar algunas memorias electorales.
Cuando era ni帽o, en mi barrio la llegada de los pol铆ticos era un acontecimiento. Llegaban cargados en hombros, se los esperaba con arcos de aguayos donde colgaban mu帽ecas, con guirnaldas. Ellos ofrec铆an cuadernos, l谩pices, gorras con colores partidarios; esas famosas cachuchas que, por mi temprano inter茅s en la pol铆tica, yo coleccionaba. Ten铆a la sensaci贸n de que llegaban como extranjeros por el contraste de color de piel, casi como figuras superiores, y que nosotros deb铆amos sentirnos agradecidos porque hab铆an venido, agradecidos porque quer铆an gobernarnos, como si nos estuvieran haciendo un favor.
Hoy esa escena ya no se repite de la misma forma, pero algo de esa l贸gica permanece.
Y fue mirando las candidaturas cuando empec茅 a notar un patr贸n que no es nuevo, pero que sigue intacto.
La gran mayor铆a de quienes aspiran a gobernar ciudades como La Paz, Cochabamba, Santa Cruz o Sucre viven en los mismos barrios (Zona Sur en La Paz, Zona Norte en Cochabamba o los primeros anillos en Santa Cruz): el 80%, 90% o hasta el 95% como se pude constatar en las listas y registros electorales. Barrios residenciales, privilegiados, minoritarios en t茅rminos poblacionales. Barrios donde no solo viven, sino donde votan, donde estudian sus hijos, donde se cruzan entre ellos, donde se conocen.
Esto no es casual. Es una constataci贸n urbana.
En ciudades de origen colonial, el poder no solo se disputa: se transfiere socialmente. No desapareci贸 con el paso del tiempo; se desplaz贸. Del casco viejo colonial a nuevos espacios de prestigio. Pero sigui贸 siendo, en lo esencial, el mismo poder, las mismas familias, las mismas redes.
Eso es lo que podemos llamar una ciudad colonial estratificada: una ciudad donde el espacio urbano est谩 jerarquizado, donde ciertos barrios concentran prestigio y poder pol铆tico, aun cuando representan a una minor铆a social. Esa minor铆a constituye una 茅lite urbana peque帽a en n煤mero pero dominante en la producci贸n de sentido com煤n y en el ejercicio del gobierno, no importa que sean de izquierda o de derecha. Una 茅lite que, hist贸ricamente, ha gobernado a una mayor铆a que no vive, no consume ni vota desde esos mismos espacios.
Ese orden no es solo econ贸mico. Es tambi茅n simb贸lico y racial.
Es la racializaci贸n del espacio urbano heredada de la colonia: barrios asociados a lo blanco, lo moderno, lo aspiracional, el buen gusto, la educaci贸n; y otros asociados a lo popular, a lo ind铆gena o cholo, a lo 芦atrasado禄, a lo que hay que ocultar o negar, incluso cuando concentran mayor poblaci贸n. Esa jerarqu铆a racial del espacio no es un vestigio del pasado: organiza decisiones concretas de inversi贸n p煤blica, de acceso a servicios, de a qui茅n se escucha y a qui茅n no cuando se gobierna.
Este marco ayuda a entender preguntas que solemos formular sin terminar de responder.
驴Por qu茅 ciudades como El Alto votan de manera tan distinta a La Paz?
驴Por qu茅 el consumo cultural y sus manifestaciones no pasan por la negaci贸n o el disimulo en El Alto, La Guardia o Quillacollo, aun cuando comparten un mismo origen social y cultural con buena parte de la poblaci贸n de las ciudades capitales?
El Alto, como otras ciudades que nacieron del crecimiento migratorio reciente, no se organiz贸 alrededor de un centro hist贸rico que concentrara el poder heredado de la colonia. Su crecimiento fue distinto. Su relaci贸n con lo ind铆gena, con lo rural y con lo urbano tambi茅n. Eso no significa que sea una ciudad homog茅nea ni que no existan desigualdades o sectores econ贸micamente m谩s acomodados. La diferencia es que esas desigualdades no se ordenan alrededor de un 煤nico espacio urbano heredero del poder colonial, ni producen la misma continuidad simb贸lica del mando.
Tal vez por eso ciertas escenas se repiten en cada elecci贸n. No porque falten candidatos, sino porque el poder sigue circulando por los mismos lugares, entre las mismas personas, con los mismos c贸digos. Porque, en estas ciudades, el poder no se juega solo en las urnas: se hereda en la ciudad. Y mientras no revisemos esa geograf铆a del poder, las campa帽as seguir谩n pareci茅ndose m谩s a visitas guiadas que a verdaderos proyectos de gobierno.



